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Roma, 7 de abril de 2007
Carta No. 4
A LOS LAICOS Y LAICAS DE LA COMPAÑÍA DE MARÍA NUESTRA SEÑORA
Queridos todos y todas:
En esta comunicación integramos algunas expresiones de los mensajes que personas cercanas a la Compañía nos han enviado con motivo de esta celebración. Sus palabras nos llenan de gozo y esperanza y retomarlas en esta carta quiere ser un signo del deseo expresado en el XV Capítulo General: caminar con otros y otras para “ayudarnos a crecer en nuestra propia vocación, con una misma espiritualidad, haciendo caminos conjuntos de Evangelio y, desde la diversidad y pluralidad, crear espacios de humanización y Buena Noticia en nuestro mundo” .
Desde este deseo de beber de la misma fuente, volvemos a hacer memoria de nuestra historia para situarnos con agradecimiento en nuestro hoy y disponernos a seguir construyendo con gratuidad y esperanza el mañana.
En el siglo XVI, una mujer de fe, con una amplia experiencia de vida, fuerte, madura, enraizada en la sociedad de su tiempo, ve cómo su vocación de servicio a Dios en la vida religiosa del Císter no es posible para ella: su cuerpo no consiente el esfuerzo que implica ese estilo de vida monástica. A pesar de las dudas y el desencanto, Juana de Lestonnac no se rompe, simplemente se pone en las manos de Dios: “haz que sea la Juana que tú quieras que sea”. Y de ese fracaso personal surge una idea nueva, un sueño, un Proyecto: la respuesta a una “llamada” a otro tipo de misión. ¡Hay tantas formas de servir a Dios!
Juana consigue gestar algo nuevo: el 7 de abril de 1.607 el Papa Paulo V aprueba la fundación de la primera Orden apostólica femenina. Está compuesta por un pequeño grupo de mujeres que canalizan su vocación de servicio a Dios en una misión: educar; escogen como modelo y símbolo a María, quien les da identidad: ¡Ha nacido la Compañía de María! Y nace con el compromiso de atender a la mujer reconociendo en ella su papel en la transformación de la sociedad.
Muy pronto, la nueva Orden se consolida, crece, se expande... y poco a poco atraviesa fronteras y continentes: lenguas diferentes, distinto color de piel, diversidad de países con un factor común, el de ser hermanas, llamadas y convocadas a una misión.
En su caminar se ajusta al paso de la historia, responde a sus desafíos sin perder su propia razón de ser. Su misión encuentra expresiones nuevas, caminos diversos, tareas compartidas con otros. El mundo cambia, se convulsiona, se destruye, se recompone, se analiza a sí mismo, se acelera..., y ahí, a su lado, compartiendo grandezas y miserias, las mujeres de la Compañía continúan el trabajo cotidiano de hacer real la entrega de toda su vida, firmes en la fe cómo María.
Ha pasado el tiempo, cuatro siglos, hoy sigue siendo una Compañía viva: multitud de niñas y niños, de jóvenes formados en sus principios educativos; adultos que se comprometen con la misma misión y generaciones de mujeres entregadas, pasándose el relevo unas a otras, para mantener viva esa llama de fe, de servicio, que un día fue capaz de hacer realidad un sueño, una lección de vida en el transcurso del tiempo desde la grandeza del anonimato de ser educadora.
Desde sus orígenes, la forma de educar, los pilares en los que se ha inspirado, pertenecen a la tradición humanista: el proceso “acompañado”, el respeto, el diálogo, la formación mutua,... ese “tender la mano para levantar dignidades” ayudar a formar “cabezas bien hechas, que no bien llenas” siguen manteniendo hoy, quizá más que nunca, su plena vigencia. Regalar vida preparando para la vida; dotar de herramientas a las siguientes generaciones para que sean críticas, honestas, justas, generosas, recias…; capaces a su vez de seguir educando para el amor, para la paz, para el respeto por lo diferente..., para el compromiso de mejorar el mundo, de llevarlo a más, de humanizarlo humanizándose en el camino, de dar pasos pequeños en el empeño de lograr algo grande.
Y la Compañía de María no camina sola, a lo largo de su recorrido, ha encontrado apoyos, personas afines, amigos, colaboradores, laicos y laicas comprometidos con el proyecto educativo que buscan la manera de vivir y encarnar la espiritualidad que la sustenta. Hoy, este caminar amplía nuestro horizonte y lo enriquece, ensanchándolo.Cuatrocientos años de existencia son promesa de futuro. Estamos presentes en 26 países y 4 continentes, las nuevas tecnologías se han convertido en un apoyo para que la comunicación y el conocimiento mutuo sean más rápidos, directos e inmediatos. Y esta situación de proximidad a pesar de las distancias es otra nueva forma de vivir la universalidad de nuestro carisma. Tenemos la posibilidad de estar más cerca, más unidos, de sentirnos más cuerpo. Los distintos acentos que podemos aportarnos nos hacen más flexibles, más permeables al bien común; nos hacen sentir intensamente que el mundo es nuestra casa, la casa de todos y todas.
Afrontamos un futuro incierto, difícil pero apasionante. Sabernos, religiosas y laicos, continuadores, convocados a seguir, nos obliga a poner de manifiesto nuestro compromiso: mantener la llama para tender las manos a las necesidades más urgentes de nuestro tiempo. Ese es nuestro reto: dónde, cómo, con quién más?... convencidos de que en todo momento cada una y cada uno de nosotros, los que ahora estamos, debemos responder como en su día hizo Juana de Lestonnac: “Señor, haz que sea lo que tú quieras que sea”.Hoy, 7 de abril de 2007, la relectura de nuestros cuatrocientos años de existencia se torna en agradecimiento al Dios de la vida y de la historia y a tantas personas que ayudaron a hacer posible la existencia de este legado: Gracias a las religiosas que nos precedieron, por su vida de fe, de entrega, de
tareas cumplidas. Gracias a las familias que han elegido nuestra educación para sus hijos, como una ayuda en el proceso de hacer de ellos buenos seres humanos. Gracias a las Instituciones que, en los distintos países y ámbitos en los que estamos presentes, nos apoyan y creen en nosotras. Gracias a los colaboradores, a los amigos, a los que comparten con nosotras la tarea de educar y nos animan a seguir impulsándola. Gracias a todos y todas los que, desde cualquier lugar y en cualquier momento nos regalan su amistad, su sonrisa, su oración y su aliento.El hecho de que esta fecha tan significativa coincida con la celebración de la Pascua, quizás nos quiera recordar que todas y todos los que formamos parte de la familia Compañía de María, estamos llamados a entrar en nuestro interior y prepararnos para la pasión y la resurrección, para lo difícil y lo arriesgado, para transformar las dificultades en posibilidades. Nuestro triunfo es sentirnos en las manos de Dios, el Cristo del amor y de la vida, el que lleva sobre sí nuestra pequeña humanidad y nos renueva la fe.
A la luz de su Pascua y en compañía de María, emprendamos caminos de futuro para seguir ofreciendo a la Iglesia y al mundo esa educación humanista que posibilita una vida plena de sentido y entrega como la de Jesús de Nazareth.Un fuerte abrazo y feliz fiesta.
Beatriz Acosta odn
y Equipo General