EVANGELIZACIÓN Y CULTURA
COMPARTIENDO LA BUENA NOTICIA DEL REINO A TRAVÉS DE FRONTERAS CULTURALES
0. Introducción
Es evidente que ha habido recientemente un aumento notable
en la literatura teológica sobre la temática
de la evangelización inculturada, incluyendo un buen
número de documentos papales. Sería casi imposible
cubrir todos los materiales producidos en los últimos
40 años, desde que el término inculturación
fue acuñado. La mayoría de estos documentos
ofrecen un referente inspiracional para que los cristianos
se ocupen de llevar la Buena Noticia a destinatarios de culturas
diferentes tomando en cuenta la riqueza de esas culturas
y la necesidad de tratarlas con respeto y sensibilidad. Con
todo, pocos son los que proponen una metodología práctica
y viable para poder realizar este ministerio.
Podemos decir que la actitud descrita con el término “inculturación” (que
como palabra es un neologismo), ha sido parte integral de
la misión cristiana desde sus inicios: llevar
el evangelio a nuevas culturas y hacerlo accesible a ellas. La
Buena Noticia fue percibida muy pronto dentro de
la historia de la Iglesia, como algo que iba más allá de
una expresión cultural particular, es decir, que era “transcultural”,
haciendo referencia a una experiencia fundante, como vimos
en la ponencia anterior. Baste recordar el exitoso
transvase de la experiencia fundante cristiana de sus orígenes
judíos a la cultura grecorromana. Ya para Pablo y
sus seguidores era claro que el mensaje central de Jesús
de Nazareth no estaba vinculado (y mucho menos limitado)
a una cultura particular. Pero al mismo tiempo, una vez que
una cultura había sido tocada por el Evangelio, ésta
era transformada dejándole (a pesar de sus características
propias) una especie de “sello” que sería
reconocible para cualquier cristiano que entrara en contacto
con ella (“Los que se han bautizado en Cristo se
han revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego;
ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ya que todos ustedes
son uno en Cristo Jesús”, Gal 3: 28-29).
A partir de este movimiento hacia la universalidad del Evangelio,
cada una de las nuevas comunidades cristianas, sin dejar
su entorno cultural, fue experimentando al Dios de Jesús
como accesible a ellos, como alguien que quería establecer
una relación con ellos, en su propio idioma y a través
de sus propios referentes de sentido. Esto se concretó finalmente
en el nacimiento y consolidación de Iglesias locales
que tenían sus raíces en la cultura originaria
de sus miembros. Y este encuentro con la Buena Noticia, a
su vez, sirvió de vehículo de transformación
para esas culturas, llevándolas a una renovación
desde dentro.
Utilizando nuestro marco teórico de referencia, podríamos
decir que a través de una mistagogía cristiana,
los misioneros exitosos permitieron a las culturas receptoras
acceder a la experiencia fundante propia del cristianismo,
y esa experiencia fundante experimentada se convirtió a
su vez en simiente para una nueva cultura cristiana, encarnada en las expresiones propias de la cultura receptora.
Pero para decir que una inculturación fue exitosa
habría que probar que fue fiel al mensaje central
cristiano y fiel a la identidad cultural que lo acogía.
Esto, claro está, en la medida que fuera posible,
dado que siempre había elementos propios
de las culturas destinatarias (en su cosmovisión
y ethos) que simplemente no eran compatibles con la experiencia
fundante cristiana. En estos casos, el encuentro
exitoso con el cristianismo trajo como consecuencia transformaciones
con respecto a los universos de sentido anteriores: una
nueva cosmovisión y un nuevo ethos.
Esto quiere decir que el encuentro de la fe cristiana con
las nuevas culturas implicó un encuentro de sistemas
religiosos diferentes, algunos más semejantes a la
experiencia cristiana que otros, creando toda una gama de
posibilidades. En ocasiones, sobre todo en el caso de conversiones
forzadas fruto de la conquista violenta, la evangelización
se realizó prescindiendo de las características
de las culturas destinatarias, avasallándolas, debilitándolas
e incluso en algunos casos haciéndolas desaparecer.
Es lo que se suele llamar aculturación. En el otro
extremo están las experiencias en que la transmisión
del Evangelio fue muy superficial (nunca llegó a suscitar
la experiencia fundante propia de la fe cristiana) por lo
que las culturas receptoras, si bien pudieron denominarse
como cristianas, no fueron transformadas por este encuentro,
manteniendo intactos su cosmovisión y ethos.
El peligro
principal han sido siempre los extremos: por un lado
igualar la fe cristiana a una forma cultural particular
de expresarla, excluyendo otras posibilidades y por otro
la actitud culturalista que considera que el valor fundamental
es el respeto radical a la cultura lo que llevaría a temer “contaminarla” con
referencias cristianas que le serían ajenas. El
ideal es favorecer un diálogo entre la experiencia
fundante de la fe cristiana con todas las culturas posibles,
bajo la premisa de que ese encuentro será mutuamente
beneficioso.
La práctica del diálogo interreligioso e intercultural
ha traído como consecuencia el concluir que si bien
la Realidad Última (lo que para nosotros los cristianos
es Dios mediado por Cristo) es transcultural (más
allá de cualquier expresión cultural que pretenda
vehicularla), siempre se manifiesta dentro de un referente
cultural concreto.
1. Para entender el significado teológico
de inculturación
Desde el principio de la historia humana, las culturas han
estado interactuando unas con otras, con cosmovisiones y
sistemas de significado alternativos y en ocasiones contradictorios.
Por lo general esto trae como consecuencia una influencia
mutua, volviéndose unas para otras variables importantes
en sus procesos de evolución respectivos. La naturaleza
de estos "encuentros" es variada. Pueden ser pacíficos
o violentos. Pueden ser superficiales o profundos. Pueden
ser momentáneos o duraderos. Y claro sus consecuencias
(desde mínimas hasta radicales) también son
diversas.
Ahora nos centraremos en el tipo particular de interacción
cultural que llamamos inculturación. Trataremos de
explicitar su significado, proceso, dificultades y posibilidades. Inculturación
es más un término teológico que antropológico,
aunque usa conceptos y visiones de la antropología
y otras ciencias sociales. La idea de inculturación
nació en círculos misioneros cristianos, entre
personas versadas en el ministerio de llevar el mensaje cristiano
a culturas diferentes. Estos misioneros habían experimentado
las dificultades de la comunicación intercultural.
Como ya hemos explicitado, por un lado sentían la
necesidad de compartir una experiencia de Dios vivida como
positiva y transformante. Por otro lado estaban los "destinatarios" de
este mensaje, con su propio sistema de significados, su cosmovisión,
su ethos y la religión que los unía y sustentaba.
Estos mundos culturales eran apreciados como ricos y de gran
valor, como parte del patrimonio cultural y espiritual de
la humanidad. ¿Cómo podían encontrarse
estos dos elementos en un espíritu de respeto y diálogo?
Especialmente durante el periodo colonialista los misioneros
cristianos no tenían conciencia de que por lo general
habían asimilado su propia experiencia de salvación
a una cultura, esto es, a la cultura en la que nacieron y
fueron formados. Su fe fue vivida, se procesó y se
les compartió en los símbolos apropiados de
sus tradiciones. Es de esperarse que si vivieron inmersos
en esos universos culturales no fueran concientes de ellos,
como lo expresa el cuento hindú del pez que no está conciente
de que se encuentra en el agua. No veían su cultura
como una más, con sus propias particularidades, sino
más bien como el referente primario de “cultura”.
Eran las culturas con las que se encontraban, las culturas
de los “paganos”, las que se percibían
con rarezas y particularidades. Esto no implicaba una mala
intención, sino que era algo más bien natural. Lo
que volvía esta situación peligrosa para la
evangelización era que muy a menudo los misioneros
no alcanzaban a distinguir entre el evangelio y la "envoltura" cultural
en la que lo habían experimentado. Frecuentemente
sentían que su fe cristiana sólo podía
vivirse totalmente en una cultura similar a la suya propia. Por
esta razón intentaron cambiar en vez de conocer, apreciar
y dialogar con las culturas que pretendían evangelizar. Esto
provocó mucha “violencia cultural” (y
en ocasiones físico), causando un gran perjuicio a
la propagación de la Buena Noticia cristiana. Podríamos
decir que se volvió una “traición” a
la experiencia fundante de la fe basada en el encuentro con
un Dios que es amor incondicional y gratuito.
Ya veíamos en nuestro documento de trabajo “Cultura
y fe cristiana” que en los Siglos XVI y XVII, los pioneros
de inculturación se dieron cuenta de la necesidad
de entrar en diálogo con sus culturas interlocutoras.
Estos pioneros (Valignano, Ricci, De Nobili) fueron sin embargo
excepciones, no la regla. El crecimiento de la fe
cristiana en los últimos quinientos años fue
paralelo a la expansión colonialista (y a menudo violenta)
de la cultura europea occidental. Primero se conquistaron
por la fuerza las áreas territoriales que vinieron
bajo la hegemonía de estos grupos culturales, y después
se colonizaron y se reestructuraron según los modelos
europeos. Este modelo de expansión (la imposición
de culturas nacionales a los pueblos bajo su tutelaje) fue
adoptado por la inmensa mayoría de misioneros y era
el modus operandi "oficial" de las Iglesias
cristianas, tanto católicas como protestantes, que
de hecho saboteaba la práctica misionera dejándola
incapaz para ser una auténtica mistagogía cristiana.
Ya en años recientes, con la emergencia de estudios
críticos sobre el fenómeno cultural, se mostró que
cada una de estas culturas avasalladas (y la de los conquistadores)
apunta a un "proyecto de vida", basado en una experiencia
particular de trascendencia que es expresada por su religión.
Si alguien quiere comunicar valores transcendentes a través
de fronteras culturales tendría que estar en apertura
para entender la experiencia de Dios propia de la cultura
con la que quiere “conversar”. Podemos concluir
que en muchos de los casos donde la cruz llegó junto
con la espada, ese proceso no se llegó a dar. Los
vencidos, para ahorrarse la persecución de los que
estaban en el poder, buscaron maneras de adaptarse al statu
quo pero sin llegar a acceder a lo que la fe cristiana significa
en su más profunda identidad, es decir, su paradigma.
Para evitar la superficialidad, el proceso de evangelización
debe ser sensible a la necesidad de inculturación.
Inculturación no es sólo la adaptación
a los elementos externos de otra cultura ni es meramente
una estrategia pastoral. Es más bien el
resultado de la interacción entre la identidad (y
patrimonio) cultural de un pueblo, por un lado, y por otro
lado la acción evangelizadora de misioneros que
pertenecen a otras culturas. Interacción que idealmente
afecta profunda y positivamente a ambos interactuantes.
Este proceso de inculturación es descrito
mejor por metáforas que nos llevan a su significado
teológico. En un inicio se describió como “revestir” los
principios evangélicos con un ropaje cultural que
los hiciera significantes para sus destinatarios. Pero pronto se criticó esta metáfora con
base a que la interacción del evangelio y culturas
era un proceso mucho más rico y profundo que ponerse
y quitarse un "ropaje" que se veía como
superficial y que parecía dejar intacta la cultura
del destinatario.
Otra imagen describía la inculturación
como el proceso de plantar una semilla (el evangelio) en
tierras diferentes (las culturas). El problema
es que esta metáfora pronto dio pie a que se concluyera
(y se juzgara a piori) que habiendo tierras (culturas)
diferentes, cada una tenía una “fertilidad
evangélica” también diferente, lo que
autorizaba a los misioneros a discriminar las culturas
que ellos consideraran “infértiles” a
la Buena Noticia. Esto dio pie a una justificación
seudo-teológica para el racismo y etnocentrismo.
También se ha sugerido el
matrimonio como metáfora para describir la inculturación. Esta
metáfora transmite mejor el carácter correlativo,
dialogal, de la interacción entre el evangelio y
las culturas, donde los dos son considerados en una relación
de reciprocidad. Sin embargo esta opción aún
no expresa la profundidad y riqueza de esta interacción.
De hecho, algunos autores consideran que sería más
apropiado que fuera la descendencia (los hijos del matrimonio),
en lugar de la propia unión, los que podría
definir más bien el proceso de inculturación.
Quizás la mejor analogía teológica, y
la más aceptada actualmente, para
describir la inculturación es el misterio de la Encarnación.
El evangelio está llamado a encarnarse en la cultura,
asumiéndola completamente y al mismo tiempo transformándola,
llevándola a su plenitud, de la manera en
que la Palabra de Dios redimió nuestra naturaleza
humana asumiéndola. Y así como la Palabra de
Dios permaneció la misma después de tomar nuestra
forma humana, el evangelio permanece igual aunque asuma formas
culturales diferentes. La mayoría de los recientes
documentos de la Iglesia suelen describir la inculturación
en estos términos.
Por otro lado, la
inculturación también
se ha explicado a través del misterio pascual de
muerte y resurrección. Cada cultura
se llama a vivir un proceso de conversión que incluye “morir” a
todo lo que en ella sea extraño al evangelio. Esa
misma cultura resucitará (transformada) crecerá entonces
hacia su plenitud. Es importante destacar que las culturas,
como creaciones humanas, tienen sus ambigüedades,
limitaciones y estructuras de pecado y poderes de muerte(1).
Acercarnos a ellas desde la fe cristiana implica discernimiento,
un acercamiento crítico entre el evangelio y las
culturas, incluso a las culturas (como las europeas) que
han servido tradicionalmente como vehículos de la
fe cristiana.
Finalmente debemos considerar otro
referente teológico
para la inculturación y éste es la venida
del Espíritu Santo en Pentecostés. En Pentecostés todas las culturas presentes oyeron
la Buena Noticia de la salvación "en sus propias
lenguas" (Hch 2: 8). Por lo tanto, esto quiere decir
que no tuvieron que aprender el idioma de Pedro para entender
su mensaje, sino que el Espíritu Santo a través
de Pedro lo hizo accesible en sus propios idiomas (culturas). De
esta manera, aquellos presentes oyeron el evangelio y lo
entendieron basados en su propia tradición.
Todas estas metáforas derivadas del misterio de Redención
proveen una inspiración teológica para profundizar
en el proceso de inculturación: la Encarnación
puede entenderse como una "condición"; el
evento pascual (pasión, muerte y resurrección)
como descriptivo del mismo proceso de inculturación;
y Pentecostés (el Espíritu que todo lo renueva)
como su fuerza dinamizadora. Es en última instancia
el Espíritu de Dios el que permite que la Iglesia
inculture el evangelio.
En los últimos 30 años la Iglesia católica
ha estado desarrollando su doctrina sobre la inculturación,
aunque la inculturación haya sido parte de su práctica
desde sus inicios. El Concilio Vaticano Segundo trajo un
espíritu de diálogo, ecumenismo, comprensión
y aprecio por la diversidad humana. El ímpetu le vino
al concilio de la búsqueda de regresar a los orígenes
de la fe cristiana, entender la fe como mistagogía
y tratar de alcanzar la congruencia entre métodos
y contenidos de evangelización. La Iglesia se dio
cuenta de la necesidad de hacer que su mensaje fuera pertinente
al mundo al que se sentía enviada. La Iglesia tenía
que trasladarse al “corazón” del mundo,
de la vida humana. Y esto significó, claro, que tendría
que inculturarse.
Habiendo realizado una exploración general de los
documentos de la Iglesia de los últimos cuatro pontificados
que nos hablan de inculturación, encontramos que sus
conclusiones parecen converger en una serie de elementos
sin los cuales no podemos entender (ni vivir) lo que la auténtica
inculturación significa:
- El evangelio no puede ser igualado
a ninguna cultura en particular. Es independiente
de las culturas(2).
O mejor aún, en transcultural. Pero el Reino de
Dios proclamado por la Buena Noticia de Jesús
de Nazareth es vivido por mujeres y hombres que están
inmersos en culturas. Por consiguiente, las formulaciones
históricas del evangelio utilizan elementos de
esas culturas. El evangelio puede penetrar las culturas
sin quedar sujeto a ellas.
- En su contacto con las culturas, la Iglesia
aprecia, respeta y protege todo "lo bueno
que haya depositado en la mente y en el corazón
de estos hombres, en los ritos y en las culturas de
estos pueblos, [para que] no solamente no
desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se perfeccione
para la gloria de Dios(3)" La
Iglesia reconoce el valor de las religiones tradicionales
(el corazón de sus culturas): son las expresiones
vivientes del alma de cada pueblo particular, sustentadas
por miles de años de búsqueda de Dios "con
gran sinceridad y rectitud de corazón(4)."
- La evangelización inculturada
respeta y renueva una cultura llevándola a su
plenitud. El
proceso de evangelización exitoso afecta las áreas
más centrales de la cultura y mente humanas
de manera que sean transformados y perfeccionados por
la fe cristiana(5).
- La Iglesia ha aprendido
que la inculturación requiere tiempo. Es
un proceso profundo y que abarca muchos elementos, dado
que incluye la vida entera de la Iglesia y el proceso
entero de evangelización: teología,
liturgia, la vida de la Iglesia y sus estructuras(6).
- A través de la inculturación
la Iglesia se encarna en las culturas y las introduce
dentro de su comunión, en un proceso de enriquecimiento
mutuo que ayuda la Iglesia a saber y expresar
mejor el misterio de Cristo, y no en pocas ocasiones
a corregir desviaciones en su forma de transmitir el
evangelio, es decir, otra vez la congruencia de fondo
y forma(7).
- Está claro que para que tenga lugar una
auténtica evangelización, la
Buena Noticia debe ser percibida como respuesta
los anhelos fundamentales de las culturas destinatarias. Hay
necesidad de asegurar que el
evangelio se convierta en Buena Noticia concreta dentro
de las vidas de las personas a evangelizar: Compromiso
por la paz, la justicia, los derechos humanos y promoción
de la humanidad. La prueba de que la inculturación
se ha dado realmente es cuando la gente se siente cada
vez más comprometida con su fe cristiana porque
la ha percibido con mayor claridad a través de
la mirada de su propia cultura, cambiando la actitud
interna hasta reflejar el gozo del servicio(8).
- Las Iglesias particulares son
las principales responsables de la inculturación asimilando
el mensaje del evangelio y transponiéndolo,
en su verdad, a un lenguaje inteligible para su cultura." La
inculturación debe comprometer a todo el pueblo
de Dios y no sólo a los “expertos”, dado
que los creyentes reflejan el Sensus Fidelium que
nunca debe perderse la vista. Todo el pueblo de Dios
está llamado a volverse sujeto (agente)
de la inculturación(9).
- Hay la necesidad de encontrar
un equilibrio entre la "encarnación" local
necesaria del evangelio y mantener la comunión
universal dentro de la Iglesia. Una tensión
saludable entre estos polos (particularidad y universalidad)
asegurará un auténtico proceso un inculturación
al mismo tiempo guardando la catolicidad de la Iglesia.(8)
Estos ocho puntos nos proporcionan los principios fundamentales
de la doctrina de la Iglesia católica con respecto
a la inculturación. Tratan de ofrecer una inspiración
que apunte hacia la dirección general y forma del
trabajo por realizar. Sin embargo, cada proceso del inculturación
tiene que ser desarrollado y entendido según su situación
concreta. Es la responsabilidad del creyente profundizar
en lo que este proceso significa para su realidad de evangelización
concreta, cuáles son sus principales retos, cómo
enfrentarlos, como se pueden fijar metas y la manera en que
puedan ser evaluadas.
3. Hacia una metodología de la inculturación
La fe cristiana se ha entendido a sí misma como un
mensaje universal de salvación. Los cristianos experimentan
a Cristo y su evangelio como la manera más válida
y conducente para encontrar a Dios y por esta razón
quieren compartir su fe con otros. Podemos decir que el cristianismo
es una fe misionera por naturaleza. Sin embargo, esta pretensión
de universalidad debe ser sostenida por su éxito al
encarnarse en contextos culturales y situaciones históricas
diferentes, manteniendo al mismo tiempo una comunión
de fe accesible y aceptable por todos. No hay que olvidar
que para expresarse las culturas no necesitan el evangelio.
Sin embargo, el evangelio siempre requiere de mediaciones
culturales para lograr encarnarse. Sin una expresión
cultural, el evangelio no tendría relevancia ni significando
a la humanidad.
A lo largo de la historia humana, el evangelio se ha expresado
siempre dentro de una cultura concreta. Por consiguiente,
el proceso de evangelización siempre ha traído
consigo un encuentro de culturas. El ideal de la inculturación
es que este encuentro sea un diálogo que beneficie
a ambos participantes. El presupuesto que ninguno de los
participantes en ese diálogo tiene la comprensión
completa de la Revelación. Los dos pueden ganar de
la encarnación del evangelio en un nuevo entorno cultural.
Esto hace de la inculturación un proceso de discernimiento
cultural y espiritual. Partiendo de una misma experiencia
de Dios se llega a su expresión en referentes simbólicos
diferentes que ayudan a acercarse al misterio de la Revelación
con mayor profundidad.
3.1 El primer paso en una evangelización
inculturada: La necesidad de conocer la propia cultura
y su relación con el evangelio.
El primer paso en el proceso de inculturación será dado
por los propios evangelizadores, quienes deben comprender
que el evangelio, tal como lo conocen, incluso la manera
como lo recibieron y lo experimentaron, está culturalmente
delimitado. La verdad trascendente, eterna y transcultural
encarnada en Cristo siempre se encuentra vertida en las formas
culturales de tradiciones particulares. En el cristianismo,
la salvación implica siempre un encuentro personal
con Jesucristo y su mensaje. A través de este encuentro,
el creyente experimenta a Dios como un misericordioso Padre
y a Cristo como el paradigma de lo que la humanidad está llamada
a ser. Pero las formas simbólicas en las que esta
experiencia común se expresa varían ampliamente.
Cada cultura entiende y transmite su historia de la redención
con sus propios términos culturales que pueden parecer
extraños e incomprensibles a otras tradiciones.
Para ser un buen evangelizador, uno debe
tener el marco teórico del conocimiento y análisis
de la cultura y de la importancia de la religión dentro
de ella. Esa fue la temática de nuestra primera conferencia.
Por esto, los agentes pastorales deben recibir, como parte
de su formación, una introducción a las ciencias
de la cultura: antropología, lingüística,
la crítica literaria, semiología, etc. La importancia
que tiene la inculturación para el proceso de evangelización
pone efectivamente a las ciencias de la cultura al nivel
de colaboradoras con las disciplinas teológicas en
el trabajo de desarrollar modelos de iglesia y ministerios
apropiados a nuevos universos culturales(11).
Con estas herramientas analíticas,
los evangelizadores pueden entender su propia cultura, un
requisito previo para entender otras culturas. Algunas preguntas
que deben ser respondidas por este tipo de análisis
son: ¿Cuáles
son las necesidades experimentadas en su propia sociedad? ¿Cuáles
son los valores que le dan sentido y cómo se expresan
simbólicamente? ¿Estos valores pueden ser referidos
finalmente al evangelio? Este "inventario" de las
cosas de más valor para la propia cultura puede ayudar
a clarificar nuestra identidad religiosa. Constatar que normalmente
muchas de esas "cosas importantes" no tienen nada
que ver con el evangelio, muestra que todas las identidades
religiosas son selectivas y sincretistas. Es especialmente
importante que el misioneros caigan en la cuenta de cualquier
prejuicio cultural que pudieran tener. Ésta no es
una tarea simple. Por ejemplo, toda teología puede
ser considerada una "teología local", influenciada
por un contexto particular, con su cosmovisión, representaciones
simbólicas y valores, relaciones de poder e intereses
distintivos, etc. La pretensión de considerar una
teología concreta como normativa y "transcultural",
obviando sus determinantes culturales, es en sí misma
una forma de prejuicio(12).
Este proceso de introspección permitirá a
los evangelizadores crecer en humildad y comprender que la "fuerza
total del evangelio" no puede ser abarcada por ninguna
cultura particular, por más siglos de contacto que
haya tenido con el mensaje evangélico(13).
Todo anuncio humano del evangelio siempre es una aproximación
y los evangelizadores deben ser conscientes de esto. No obstante,
esto no debe representar un obstáculo para la evangelización.
La historia de la Iglesia ha demostrado que el evangelio
se puede inculturar exitosamente. Esta condición de
ser indefectiblemente "incompleta" que tienen todas
las teologías y, por ende, su necesidad de ser complementadas,
nos da una perspectiva correcta del misterio de la Revelación
y su interpretación y nos da una fuerte motivación
a inculturar la Buena Noticia en todas las culturas. Sólo
así podremos avanzar en el proceso de conocer más
a fondo lo que la revelación definitiva de Cristo
significa para la humanidad y eventualmente corregir errores
y falsificaciones. Kirbi habla de más de 7,000 culturas
diferentes vivas en nuestro tiempo(14).
En lugar de considerarlas un estorbo a la propagación
del evangelio, deben valorarse como otras tantas claves hermenéuticas
para entender el misterio infinito de Dios.
Sin embargo, no podemos pretender que todas
las teologías
tienen la misma capacidad para contribuir maneras diferentes
de entender el evangelio, o que todos sus referentes de sentido
pueden ser considerados igualmente verdaderos. Dios ofrece
su presencia y verdad a todos, sin ningún favoritismo.
Pero la respuesta a la presencia de Dios siempre es condicionada
a través de la propia subjetividad humana(15). Éste
es un inmenso campo para el discernimiento que siempre implicará la
adopción de criterios de juicio. Para la Iglesia católica,
el criterio fundamental para este discernimiento son: las
Sagradas Escrituras, la Tradición viva de la Iglesia
(con sus dos elementos principales del Magisterio y el sentido
de fe de los fieles, el Sensus Fidelium). Otras
Iglesias cristianas tienen sus propios parámetros
de discernimiento. En todos los casos, la crítica
cultural puede ayudar a evitar el etnocentrismo y la exclusión
de cosmovisiones alternativas.
Los misioneros, sobre todo los provenientes
de las culturas "occidentales",
necesitan someterse a un proceso de "desarme cultural",
renunciando a toda actitud hegemónica como las que
han sido usualmente desarrolladas por esas tradiciones(16).
Eso les permitirá insertarse en un proceso de diálogo
en términos de equidad con otras culturas. La meta
es la construcción de un cristianismo que refleje
la diversidad cultural y riqueza de nuestro mundo, siendo
al mismo tiempo auténticamente universal y católico,
y transmitiendo a través de su actitud dialogante,
humilde y de servicio, los contenidos centrales de la experiencia
fundante cristiana.
La meta de este primer paso en el proceso de inculturación
es permitir a los evangelizadores entender la "matriz
cultural" de toda experiencias de fe, incluyendo la
suya. Empezar con el estudio de una cultura familiar facilita
el proceso. Esta habilidad, una vez aprendida, puede aplicarse
al acercamiento a otras culturas y a la transmisión
de contenidos (como la Buena Noticia) a través de
fronteras culturales.
3.2 “Llegar a conocer al otro”, el siguiente
paso en el proceso de inculturación
Cruzar las fronteras culturales nos hace comprender la diversidad
de las organizaciones sociales humanas. Cada cultura ha desarrollado
su propio acercamiento a la vida, con sus símbolos,
los sistemas de valor y evaluación (ethos), su cosmovisión
y los sistemas religiosos que los sostienen. La comunicación
entre estas tradiciones diferentes puede ser difícil.
Para permitir un diálogo fructífero es necesario
un proceso de traducción (decodificación y
re-codificación de símbolos, conceptos, costumbres,
actitudes morales, etc.). En esta tarea las ciencias de la
cultura proporcionan una ayuda inestimable. Ayudan a interpretar
el sistema simbólico usado por cada cultura, haciendo
su significado accesible a los "forasteros” (es
decir, aquellos provenientes de otras culturas).
Normalmente, este proceso de interpretación inicia
con el contacto entre el "forastero" (que puede
ser el evangelizador) y los miembros de la cultura interlocutora.
Se espera de parte del evangelizador una actitud de apertura
respetuosa hacia los "otros". Desde luego, al principio,
es de fundamental importancia aprender el idioma del grupo
interlocutor. Esto permitirá al evangelizador establecer
un nivel básico de comunicación. Un idioma
(especialmente su estructura) puede proporcionar un acceso
privilegiado a la cosmovisión de un grupo dado.
Pero aprender el idioma no es suficiente, aunque sea indispensable.
Los próximos pasos ponen al evangelizador en un contacto
más íntimo con la cultura a la que llega, con
el "otro". Al principio, el "forastero" vive
un período de fascinación con el grupo receptor.
Todo parece nuevo e interesante. Esto se ha descrito como
el período de la "luna de miel" en el que
el interés para lo desconocido y el espíritu
de aventura parece adormecer las tensiones creadas por vivir
en un ambiente cultural ajeno.
Cuando la primera fascinación con los nuevos ambientes
se va diluyendo, el misionero empieza a sentir verdaderamente
las diferencias culturales. Esto puede generar conflictos
y tensión. Los humanos tendemos a ser etnocéntricos
y esto es natural. Nuestra identidad, construida dentro de
una cultura particular, con su cosmovisión, valores
y herramientas para enfrentarse con la realidad, se puede
sentir amenazada al toparse con identidades culturales alternativas
(y a veces contradictorias). Estas cosmovisiones diferentes
cuestionan la validez de nuestra cultura como la manera más "correcta" de
explicar la realidad y "vivir" en ella. Esta divergencia
puede percibirse como una amenaza a nuestra identidad, particularmente
cuando nos encontramos rodeados de personas que no están
de acuerdo con lo que nos parece fundamental. Incluso puede
percibirse subconscientemente como una agresión personal.
Esta fase en el proceso de inculturación es de suma
importancia. Puede vivirse como una oportunidad de vivir
y constatar la diversidad humana y la alteridad como riqueza.
Cuando se vive en un espíritu de humildad, nos ayuda
a considerar nuestra cultura y sus concreciones desde una
perspectiva apropiada, permitiéndonos iniciar un verdadero
diálogo con nuestros interlocutores.
Pero también es un momento de peligro.
Hay dos posibles desviaciones en esta coyuntura. Los dos
implican dos extremos poco realistas en la manera de considerar
las culturas diferentes. En el lado aparentemente afirmativo,
encontramos el llamado "utopismo",
que es una visión idealizada (y falsa) del "otro",
en la que todos los aspectos de su cultura son considerados
positivos (y por lo general mejores que los de la cultura
propia)(17). Este
optimismo poco realista implica una falsificación
de la cultura receptora que finalmente impide un intercambio
cultural productivo. El forastero no entra en diálogo
con un "otro" real sino con constructos de su fantasía
(el “síndrome del buen salvaje”). A quienes
caen en esta trampa, no les interesa dialogar con las culturas
en cuanto tales, sino con su visión idealizada de
ellas que no es más que una proyección de sí mismos.
En el otro lado del espectro encontramos el extremo negativo
del "racismo". En este caso todos los aspectos
de la "otra" cultura son considerados despreciables.
De nuevo, éste es un caso de falsificación
del interlocutor, en el que el forastero proyecta sobre la
cultura receptora sus propios problemas de identidad y valoración
cultural. También en este caso el diálogo queda
truncado.
Cuando el "visitante" pasa esta fase con éxito,
sin caer en las trampas que acabamos de describir, llega
el tiempo para realizar una consideración imparcial
de los dos sistemas culturales (el propio y el que se ha
encontrado), descubriendo las diferencias entre ellos y la
naturaleza de esas diferencias (superficiales, profundas,
contradictorias, complementarias, etc.) La meta es aumentar
el conocimiento y apreciación del "otro",
nuestra comprensión, aceptación y respeto.
El ideal es entender cómo la cultura interlocutora
explicita y resuelve sus cuestiones más importantes
(necesidades percibidas, esperanzas, miedos, aversiones,
conflictos, etc.) y cómo las expresan simbólicamente.
Para esto nos puede ayudar lo que definimos en nuestra primera
charla como una “etnografía religiosa”.
Sólo entonces podemos considerar que vamos entrando
en un diálogo intercultural.
Esta praxis de encontrar al "otro" y
prepararse para el diálogo es en sí misma una
experiencia de la conversión. Trae consigo lo que
se ha llamado una "dislocación cultural(18)." El "otro" es
aceptado en su identidad, que no es definida en función
de la identidad del evangelizador. Si el evangelizador sigue
avanzando en este proceso hasta apropiarse de los sufrimientos
y esperanzas de su cultura anfitriona, su anuncio de la Buena
Noticia será más significativo para sus interlocutores.
3.3 El diálogo, núcleo del proceso
de inculturación.
El auténtico encuentro con el "otro",
estableciendo así una buena comunicación, es
simplemente un requisito previo en el proceso de construir
el diálogo. Es precisamente a través del diálogo
que los evangelizadores pueden compartir su fe con la cultura
receptora. Sin embargo, no cualquier intercambio puede ser
considerado diálogo intercultural. Hay algunas condiciones
que tienen que darse para posibilitar un intercambio fructífero
de ideas a través de fronteras culturales.
Vimos en nuestra primera charla que el propósito
central del acercamiento semiótico a la cultura es
ayudarnos a tener acceso al mundo conceptual de otras culturas
que a su vez nos permita "conversar" con ellas.
Este acercamiento "interactivo" requiere de nosotros
apertura y respeto para con nuestros interlocutores. Apertura
que nos permitirá que escuchemos lo que realmente
tienen que decir, haciendo siempre esfuerzos para entender
su perspectiva y experiencia de vida. Respeto para reconocer
sus contribuciones con su valor intrínseco sin intentar
conformarlas a nuestros parámetros aceptables. Debemos
evitar los extremos de considerar tales contribuciones como
falsas en principio o pensar que los "conocemos mejor
de lo que ellos se conocen."
El pluralismo cultural es parte de la condición humana,
el inmenso número de sistemas culturales lo demuestra.
Este pluralismo cultural puede contribuir a una comprensión
más completa de la realidad y del misterio de Dios.
A través del diálogo se van proporcionando
nuevas pistas para interpretar la Revelación de Dios.
Este diálogo también nos pone en contacto con
la acción de Dios en otras culturas. Por consiguiente
debemos acercarnos a este ejercicio con un espíritu
de reverencia para la presencia de Dios en cada cultura.
El diálogo nos permite asomarnos a la visión
de la realidad Última que Dios ha brindado como don
a cada tradición cultural.
La búsqueda de la verdad es la única
meta posible para un diálogo intercultural honesto. Ésta
no es una tarea simple. La verdad es una categoría
dinámica y ninguna persona o sociedad dada pueden
pretender tener el acceso pleno a ella. Precisamente porque
Dios ha querido dar algo de sí a todos, no es la posesión
exclusiva o privilegiada de ninguna cultura. En algunos documentos
que tratan de la inculturación aparece una actitud
de respeto a las culturas pero al mismo tiempo de sospecha
si no es que de rechazo a las religiones que las sostienen.
No obstante, "suprimirlas [las otras religiones] sería
equivalente a borrar o anular una presencia real, [la
presencia real] de Dios en el mundo(19)." Sin
embargo, si alguien es atraído por el compromiso del
evangelizador por Cristo y su evangelio, esto se debería
a la acción de Dios en lugar de ser el resultado de
una “conversión” programada. La experiencia
nos ha mostrado que podemos acercarnos más a la verdad
a través de la discusión y disentimiento que
a través de un acuerdo superficial. De ahí la
importancia de fortalecer el diálogo y la interculturalidad
como una actitud de vida y su inclusión en la formación
de agentes pastorales.
Michael Amaladoss propone cuatro niveles
de diálogo,
cada uno con su propia especificidad(20).
Primero considera un diálogo de vida, de interacción
diaria. Esto sería similar al encuentro con el "otro" que
describimos en la sección anterior. Es a través
del compartir la vida con miembros de las culturas receptoras,
conociendo y compartiendo sus esperanzas y miedos, sus alegrías
y sufrimientos, que aprendemos a entenderlos y a comunicarnos
con ellos, ganando la autoridad moral para presentarnos como
interlocutores legítimos. En el proceso de evangelización, éste
puede ser el tipo más importante de diálogo
a emprender. Misioneros que han vivido insertos en comunidades
populares e indígenas han sido motivados por esta
intuición. Este diálogo de vida puede necesitar
muchos años antes de que el próximo paso pueda
darse.
Normalmente, el diálogo de vida sería considerado
como un requisito previo para las otras formas de diálogo.
Sin embargo, encontramos otros tipos de diálogo. Uno
también importante es el de "expertos" en
la doctrina de cada grupo involucrado que se encuentran para
compartir sus tradiciones y enriquecerse entre sí.
Esto es lo que Amaladoss define como diálogo de intercambio
intelectual.
Otras formas de diálogo se pueden
realizar simultánea
o separadamente. Amaladoss considera fundamental el que llama
diálogo de experiencia espiritual. De hecho este tipo
de intercambios basados más en la “experiencia
de Dios” (en la experiencia fundante) que en las doctrinas
religiosas, ha probado ser especialmente fructífero.
Un experto en el campo, Wayne Teasdale, ha dicho al respecto
que en el nivel místico, las religiones tienen mucho
para compartir, mientras que a un nivel “académico-doctrinal” las
palabras y conceptos se convierten en auténticos escollos
para la comunicación interreligiosa(21).
Finalmente, el cuarto tipo de diálogo propuesto por
Amaladoss es llamado “diálogo como colaboración
para la promoción humana”. Una manera privilegiada
de dar testimonio de la fe cristiana es unirse a los esfuerzos
por conseguir una sociedad y un mundo más justo y
equitativo.
Todas estas formas diferentes de diálogo pueden ser
casuales, con casi ninguna estructura o metodología,
u organizadas, con varios grados de formalidad. El proceso
de evangelización puede ganar de ambos acercamientos,
cada uno proporcionándole su riqueza particular al
proceso del inculturación.
4. A manera de conclusión: el papel de la
comunidad en el proceso de inculturación.
Esta presentación no estaría
completa sin enfatizar la importancia de la comunidad en
el proceso de inculturación. Hemos estado describiendo
las precondiciones necesarias para la encarnación
genuina del evangelio en una cultura. Sin embargo, la evidencia
nos muestra que "sólo
aquellos versados en su propia cultura son capaces de inculturar
e integrar el evangelio a ella(22)".
Los misioneros deben reconocer que nunca conocerán
(experimentarán) la cultura de sus interlocutores
como las personas que nacieron y crecieron en ellas. El papel
del evangelizador es hacer que la experiencia de Dios cristiana
sea accesible a la cultura de los destinatarios. Pero ése
es simplemente el principio del camino. El evangelio debe
interactuar con la cultura, con las vidas de las personas,
con la comunidad de fe.
La historia nos enseña que el evangelio es un factor
de transformación cultural. Cuando el evangelio no
desafía y renueva una sociedad, probablemente no ha
sido inculturado. Una vez que la experiencia de Dios cristiana
ha llegado a una sociedad, cuestiona los elementos de la
cosmovisión de la cultura que contradicen los valores
del evangelio. Esta "conversión" sólo
puede darse en los corazones y mentes de las personas que
conocen la cosmovisión de su cultura, con su expresión
simbólica, y al mismo tiempo han experimentado el
encuentro con el Dios de Cristo. Permaneciendo en su cultura,
estos nuevos cristianos son críticos de todos los
elementos en su sociedad que son contrarios al Dios que han
experimentado. De manera que los sujetos, es decir, los promotores
activos de esta fase final y definitiva del proceso, son
las comunidades de fe arraigadas en sus culturas respectivas.
Estas comunidades se constituyen en "Iglesias locales",
reconocidas como esenciales en el proceso de evangelización.
Creyendo en el mismo evangelio de todos los cristianos, lo
perciben, experimentan, expresan y celebran en formas diversas.
Así fue como evolucionaron todas las tradiciones dentro
de la Iglesia: latina, bizantina, semita, eslava, etc. Últimamente,
después de muchos siglos de inmovilidad, la Iglesia
católica ha dado pasos importantes para reconocer
la necesidad de la inculturación y su enseñanza
reciente lo muestra. Hay, sin embargo, un largo camino por
delante. Hacen falta acciones pastorales concretas que reconozcan
la diversidad cultural como fundamental para la reflexión
teológica, la liturgia, la estructura de la Iglesia,
los ministerios, etc. La catolicidad de la Iglesia no puede
continuar siendo construida con base a una eclesiología
de uniformidad. La Iglesia universal está llamada
a ser enriquecida por las nuevas voces de las Iglesias locales.
Con esto terminamos nuestro recorrido para tratar de ofrecer
un marco teórico para las discusiones, discernimiento
y actividades de los próximos días. Esperamos
haber podido dar un acercamiento práctico y útil
al fenómeno de la cultura, su relación con
la religión y la identidad personal y grupal, así como
su papel en la transmisión del mensaje central de
la Buena Noticia Cristiana: la irrupción del Reino
de Dios como horizonte de sentido para la humanidad.
1.- Pablo
Suess, “El evangelio en las culturas: camino de
vida y esperanza”, Selecciones de Teología,
No. 133, enero-abril 1995, 33.
2.- Paulo
VI, Evangelii Nuntiandi 22, CELAM, Puebla 407.
3.- Vaticano
II, Lumen Gentium, 17.Juan Pablo II, Redemptoris
Missio, 53.
4.- Evangelii
Nuntiandi, 19.; CELAM, MedellínVI
2 [5], y Santo Domingo 228; Juan Pablo II, Slavorum
Apostoli, 16, Ecclesia in Africa, 59;
and Ecclesia in Oceania, 16.
5.- Juan
Pablo II Ecclesia in Africa, 62.
6.- Juan
Pablo II, Orientale Lumen, 38.
7.- Este
punto fue tratado con especial cuidado por el Magisterio
de las Iglesias Latinoamericanas en los documentos de
las Asambleas generales del CELAM de Medellín,
Puebla, Santo Domingo y Aparecida.
8.- Juan
Pablo II, Ecclesia in Asia, 22.
9.- Redemptoris
Missio, 63. Ver también : CELAM, Medellín
IV, 2 [8], Santo Domingo, 230b.
10.- See Slavorum
Apostoli, 27, and Orientale Lumen, 40.
11.-Kirbi,
Jon P., “Language and Culture Learning IS Conversion...
IS Ministry”, Missiology: An International Review,
Vol. XXIII, No. 2, April 1995, 135.
12.- Cf. Menamparampil,
Thomas, “El reto de las culturas”, Servicio
de Prensa para Religiosos y Religiosas (Madrid), abril-junio
1998, 18.
13.- Cf. Suess,
Paulo, “O Evangelho nas culturas: caminho de vida
e esperança. Apontamentos para o V Congresso Missionário
Latino-Americano”, Perspectiva Teológica, n.
25 (1993), 308.
14.- Cf. Kirbi, “Language
and Culture Learning IS Conversion”, 135.
15.- Torres
Queiruga, Andrés, “Cristianismo y Religiones: ‘Inreligionación’ y
cristianismo asimétrico“, Sal Terrae 85/1,
enero 1997, 7.
16.- Cf. Vitoria
Cormenzana, Francisco Javier, “Diversidad cultural
y evangelio de los pobres”, Revista Latinoamericana
de Teología, XIV, No. 42, 1997, 275
17.- Ver:Todorov,
Tzvetan, La conquista de América, el problema
del otro, Siglo XXI Editores, México 2001,
182-194.
18.- Pablo Suess, “El evangelio en las culturas:
camino de vida y esperanza”, Selecciones de Teología,
No. 133, 33-42
19.- Torres
Queiruga, Andrés (1997) “Cristianismo y Religiones: ‘Inreligionación’ y
cristianismo asimétrico“, Sal Terrae 85/1,
10-11.
20.- Amaladoss,
Michael, “Dialogue and Mission”, Interview
in Columbans, [on line] <http://indigo.ie/~columban/amalad.htm> [accessed
23rd Novermber 2002];
21.- Teasdale,
Wayne, “Interreligious Dialogue since Vatican II”, Spirituality
Today, Vol. 43, No. 2, Summer 1991, 119-133.
22.- Ver:
Maccise, Camilo, “New Prospects and Challenges
for Missions”, OCD General House 1998 y Thomas
Menamparampil “El reto de las culturas”, 18.
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