Sábado, 4 de julio de 2009
Profundización sobre el eje temático
 
Ponencias de Alexander Zatirka, sj
Director del Departamento de Ciencias Religiosas. Universidad Iberoamericana. México, D.F.
 
 
1.- Cultura, Religión e Identidad
2.- Experiencia de Dios y Religión
3.- Evangelización y Cultura
Compartiendo la Buena Noticia del Reino a través de fronteras culturales
 
Comunicación nº 4
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EVANGELIZACIÓN Y CULTURA
COMPARTIENDO LA BUENA NOTICIA DEL REINO A TRAVÉS DE FRONTERAS CULTURALES

0. Introducción

Es evidente que ha habido recientemente un aumento notable en la literatura teológica sobre la temática de la evangelización inculturada, incluyendo un buen número de documentos papales. Sería casi imposible cubrir todos los materiales producidos en los últimos 40 años, desde que el término inculturación fue acuñado. La mayoría de estos documentos ofrecen un referente inspiracional para que los cristianos se ocupen de llevar la Buena Noticia a destinatarios de culturas diferentes tomando en cuenta la riqueza de esas culturas y la necesidad de tratarlas con respeto y sensibilidad. Con todo, pocos son los que proponen una metodología práctica y viable para poder realizar este ministerio.

Podemos decir que la actitud descrita con el término “inculturación” (que como palabra es un neologismo), ha sido parte integral de la misión cristiana desde sus inicios: llevar el evangelio a nuevas culturas y hacerlo accesible a ellas. La Buena Noticia fue percibida muy pronto dentro de la historia de la Iglesia, como algo que iba más allá de una expresión cultural particular, es decir, que era “transcultural”, haciendo referencia a una experiencia fundante, como vimos en la ponencia anterior. Baste recordar el exitoso transvase de la experiencia fundante cristiana de sus orígenes judíos a la cultura grecorromana. Ya para Pablo y sus seguidores era claro que el mensaje central de Jesús de Nazareth no estaba vinculado (y mucho menos limitado) a una cultura particular. Pero al mismo tiempo, una vez que una cultura había sido tocada por el Evangelio, ésta era transformada dejándole (a pesar de sus características propias) una especie de “sello” que sería reconocible para cualquier cristiano que entrara en contacto con ella (“Los que se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús”, Gal 3: 28-29).

A partir de este movimiento hacia la universalidad del Evangelio, cada una de las nuevas comunidades cristianas, sin dejar su entorno cultural, fue experimentando al Dios de Jesús como accesible a ellos, como alguien que quería establecer una relación con ellos, en su propio idioma y a través de sus propios referentes de sentido. Esto se concretó finalmente en el nacimiento y consolidación de Iglesias locales que tenían sus raíces en la cultura originaria de sus miembros. Y este encuentro con la Buena Noticia, a su vez, sirvió de vehículo de transformación para esas culturas, llevándolas a una renovación desde dentro.

Utilizando nuestro marco teórico de referencia, podríamos decir que a través de una mistagogía cristiana, los misioneros exitosos permitieron a las culturas receptoras acceder a la experiencia fundante propia del cristianismo, y esa experiencia fundante experimentada se convirtió a su vez en simiente para una nueva cultura cristiana, encarnada en las expresiones propias de la cultura receptora. Pero para decir que una inculturación fue exitosa habría que probar que fue fiel al mensaje central cristiano y fiel a la identidad cultural que lo acogía. Esto, claro está, en la medida que fuera posible, dado que siempre había elementos propios de las culturas destinatarias (en su cosmovisión y ethos) que simplemente no eran compatibles con la experiencia fundante cristiana. En estos casos, el encuentro exitoso con el cristianismo trajo como consecuencia transformaciones con respecto a los universos de sentido anteriores: una nueva cosmovisión y un nuevo ethos.

Esto quiere decir que el encuentro de la fe cristiana con las nuevas culturas implicó un encuentro de sistemas religiosos diferentes, algunos más semejantes a la experiencia cristiana que otros, creando toda una gama de posibilidades. En ocasiones, sobre todo en el caso de conversiones forzadas fruto de la conquista violenta, la evangelización se realizó prescindiendo de las características de las culturas destinatarias, avasallándolas, debilitándolas e incluso en algunos casos haciéndolas desaparecer. Es lo que se suele llamar aculturación. En el otro extremo están las experiencias en que la transmisión del Evangelio fue muy superficial (nunca llegó a suscitar la experiencia fundante propia de la fe cristiana) por lo que las culturas receptoras, si bien pudieron denominarse como cristianas, no fueron transformadas por este encuentro, manteniendo intactos su cosmovisión y ethos.

El peligro principal han sido siempre los extremos: por un lado igualar la fe cristiana a una forma cultural particular de expresarla, excluyendo otras posibilidades y por otro la actitud culturalista que considera que el valor fundamental es el respeto radical a la cultura lo que llevaría a temer “contaminarla” con referencias cristianas que le serían ajenas. El ideal es favorecer un diálogo entre la experiencia fundante de la fe cristiana con todas las culturas posibles, bajo la premisa de que ese encuentro será mutuamente beneficioso.

La práctica del diálogo interreligioso e intercultural ha traído como consecuencia el concluir que si bien la Realidad Última (lo que para nosotros los cristianos es Dios mediado por Cristo) es transcultural (más allá de cualquier expresión cultural que pretenda vehicularla), siempre se manifiesta dentro de un referente cultural concreto.

1. Para entender el significado teológico de inculturación

Desde el principio de la historia humana, las culturas han estado interactuando unas con otras, con cosmovisiones y sistemas de significado alternativos y en ocasiones contradictorios. Por lo general esto trae como consecuencia una influencia mutua, volviéndose unas para otras variables importantes en sus procesos de evolución respectivos. La naturaleza de estos "encuentros" es variada. Pueden ser pacíficos o violentos. Pueden ser superficiales o profundos. Pueden ser momentáneos o duraderos. Y claro sus consecuencias (desde mínimas hasta radicales) también son diversas.

Ahora nos centraremos en el tipo particular de interacción cultural que llamamos inculturación. Trataremos de explicitar su significado, proceso, dificultades y posibilidades. Inculturación es más un término teológico que antropológico, aunque usa conceptos y visiones de la antropología y otras ciencias sociales. La idea de inculturación nació en círculos misioneros cristianos, entre personas versadas en el ministerio de llevar el mensaje cristiano a culturas diferentes. Estos misioneros habían experimentado las dificultades de la comunicación intercultural. Como ya hemos explicitado, por un lado sentían la necesidad de compartir una experiencia de Dios vivida como positiva y transformante. Por otro lado estaban los "destinatarios" de este mensaje, con su propio sistema de significados, su cosmovisión, su ethos y la religión que los unía y sustentaba. Estos mundos culturales eran apreciados como ricos y de gran valor, como parte del patrimonio cultural y espiritual de la humanidad. ¿Cómo podían encontrarse estos dos elementos en un espíritu de respeto y diálogo?

Especialmente durante el periodo colonialista los misioneros cristianos no tenían conciencia de que por lo general habían asimilado su propia experiencia de salvación a una cultura, esto es, a la cultura en la que nacieron y fueron formados. Su fe fue vivida, se procesó y se les compartió en los símbolos apropiados de sus tradiciones. Es de esperarse que si vivieron inmersos en esos universos culturales no fueran concientes de ellos, como lo expresa el cuento hindú del pez que no está conciente de que se encuentra en el agua. No veían su cultura como una más, con sus propias particularidades, sino más bien como el referente primario de “cultura”. Eran las culturas con las que se encontraban, las culturas de los “paganos”, las que se percibían con rarezas y particularidades. Esto no implicaba una mala intención, sino que era algo más bien natural. Lo que volvía esta situación peligrosa para la evangelización era que muy a menudo los misioneros no alcanzaban a distinguir entre el evangelio y la "envoltura" cultural en la que lo habían experimentado. Frecuentemente sentían que su fe cristiana sólo podía vivirse totalmente en una cultura similar a la suya propia. Por esta razón intentaron cambiar en vez de conocer, apreciar y dialogar con las culturas que pretendían evangelizar. Esto provocó mucha “violencia cultural” (y en ocasiones físico), causando un gran perjuicio a la propagación de la Buena Noticia cristiana. Podríamos decir que se volvió una “traición” a la experiencia fundante de la fe basada en el encuentro con un Dios que es amor incondicional y gratuito.

Ya veíamos en nuestro documento de trabajo “Cultura y fe cristiana” que en los Siglos XVI y XVII, los pioneros de inculturación se dieron cuenta de la necesidad de entrar en diálogo con sus culturas interlocutoras. Estos pioneros (Valignano, Ricci, De Nobili) fueron sin embargo excepciones, no la regla. El crecimiento de la fe cristiana en los últimos quinientos años fue paralelo a la expansión colonialista (y a menudo violenta) de la cultura europea occidental. Primero se conquistaron por la fuerza las áreas territoriales que vinieron bajo la hegemonía de estos grupos culturales, y después se colonizaron y se reestructuraron según los modelos europeos. Este modelo de expansión (la imposición de culturas nacionales a los pueblos bajo su tutelaje) fue adoptado por la inmensa mayoría de misioneros y era el modus operandi "oficial" de las Iglesias cristianas, tanto católicas como protestantes, que de hecho saboteaba la práctica misionera dejándola incapaz para ser una auténtica mistagogía cristiana.

Ya en años recientes, con la emergencia de estudios críticos sobre el fenómeno cultural, se mostró que cada una de estas culturas avasalladas (y la de los conquistadores) apunta a un "proyecto de vida", basado en una experiencia particular de trascendencia que es expresada por su religión. Si alguien quiere comunicar valores transcendentes a través de fronteras culturales tendría que estar en apertura para entender la experiencia de Dios propia de la cultura con la que quiere “conversar”. Podemos concluir que en muchos de los casos donde la cruz llegó junto con la espada, ese proceso no se llegó a dar. Los vencidos, para ahorrarse la persecución de los que estaban en el poder, buscaron maneras de adaptarse al statu quo pero sin llegar a acceder a lo que la fe cristiana significa en su más profunda identidad, es decir, su paradigma. Para evitar la superficialidad, el proceso de evangelización debe ser sensible a la necesidad de inculturación.

Inculturación no es sólo la adaptación a los elementos externos de otra cultura ni es meramente una estrategia pastoral. Es más bien el resultado de la interacción entre la identidad (y patrimonio) cultural de un pueblo, por un lado, y por otro lado la acción evangelizadora de misioneros que pertenecen a otras culturas. Interacción que idealmente afecta profunda y positivamente a ambos interactuantes.

Este proceso de inculturación es descrito mejor por metáforas que nos llevan a su significado teológico. En un inicio se describió como “revestir” los principios evangélicos con un ropaje cultural que los hiciera significantes para sus destinatarios. Pero pronto se criticó esta metáfora con base a que la interacción del evangelio y culturas era un proceso mucho más rico y profundo que ponerse y quitarse un "ropaje" que se veía como superficial y que parecía dejar intacta la cultura del destinatario.

Otra imagen describía la inculturación como el proceso de plantar una semilla (el evangelio) en tierras diferentes (las culturas). El problema es que esta metáfora pronto dio pie a que se concluyera (y se juzgara a piori) que habiendo tierras (culturas) diferentes, cada una tenía una “fertilidad evangélica” también diferente, lo que autorizaba a los misioneros a discriminar las culturas que ellos consideraran “infértiles” a la Buena Noticia. Esto dio pie a una justificación seudo-teológica para el racismo y etnocentrismo.

También se ha sugerido el matrimonio como metáfora para describir la inculturación. Esta metáfora transmite mejor el carácter correlativo, dialogal, de la interacción entre el evangelio y las culturas, donde los dos son considerados en una relación de reciprocidad. Sin embargo esta opción aún no expresa la profundidad y riqueza de esta interacción. De hecho, algunos autores consideran que sería más apropiado que fuera la descendencia (los hijos del matrimonio), en lugar de la propia unión, los que podría definir más bien el proceso de inculturación.

Quizás la mejor analogía teológica, y la más aceptada actualmente, para describir la inculturación es el misterio de la Encarnación. El evangelio está llamado a encarnarse en la cultura, asumiéndola completamente y al mismo tiempo transformándola, llevándola a su plenitud, de la manera en que la Palabra de Dios redimió nuestra naturaleza humana asumiéndola. Y así como la Palabra de Dios permaneció la misma después de tomar nuestra forma humana, el evangelio permanece igual aunque asuma formas culturales diferentes. La mayoría de los recientes documentos de la Iglesia suelen describir la inculturación en estos términos.

Por otro lado, la inculturación también se ha explicado a través del misterio pascual de muerte y resurrección. Cada cultura se llama a vivir un proceso de conversión que incluye “morir” a todo lo que en ella sea extraño al evangelio. Esa misma cultura resucitará (transformada) crecerá entonces hacia su plenitud. Es importante destacar que las culturas, como creaciones humanas, tienen sus ambigüedades, limitaciones y estructuras de pecado y poderes de muerte(1). Acercarnos a ellas desde la fe cristiana implica discernimiento, un acercamiento crítico entre el evangelio y las culturas, incluso a las culturas (como las europeas) que han servido tradicionalmente como vehículos de la fe cristiana.

Finalmente debemos considerar otro referente teológico para la inculturación y éste es la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En Pentecostés todas las culturas presentes oyeron la Buena Noticia de la salvación "en sus propias lenguas" (Hch 2: 8). Por lo tanto, esto quiere decir que no tuvieron que aprender el idioma de Pedro para entender su mensaje, sino que el Espíritu Santo a través de Pedro lo hizo accesible en sus propios idiomas (culturas). De esta manera, aquellos presentes oyeron el evangelio y lo entendieron basados en su propia tradición.

Todas estas metáforas derivadas del misterio de Redención proveen una inspiración teológica para profundizar en el proceso de inculturación: la Encarnación puede entenderse como una "condición"; el evento pascual (pasión, muerte y resurrección) como descriptivo del mismo proceso de inculturación; y Pentecostés (el Espíritu que todo lo renueva) como su fuerza dinamizadora. Es en última instancia el Espíritu de Dios el que permite que la Iglesia inculture el evangelio.

En los últimos 30 años la Iglesia católica ha estado desarrollando su doctrina sobre la inculturación, aunque la inculturación haya sido parte de su práctica desde sus inicios. El Concilio Vaticano Segundo trajo un espíritu de diálogo, ecumenismo, comprensión y aprecio por la diversidad humana. El ímpetu le vino al concilio de la búsqueda de regresar a los orígenes de la fe cristiana, entender la fe como mistagogía y tratar de alcanzar la congruencia entre métodos y contenidos de evangelización. La Iglesia se dio cuenta de la necesidad de hacer que su mensaje fuera pertinente al mundo al que se sentía enviada. La Iglesia tenía que trasladarse al “corazón” del mundo, de la vida humana. Y esto significó, claro, que tendría que inculturarse.

Habiendo realizado una exploración general de los documentos de la Iglesia de los últimos cuatro pontificados que nos hablan de inculturación, encontramos que sus conclusiones parecen converger en una serie de elementos sin los cuales no podemos entender (ni vivir) lo que la auténtica inculturación significa:

  1. El evangelio no puede ser igualado a ninguna cultura en particular. Es independiente de las culturas(2). O mejor aún, en transcultural. Pero el Reino de Dios proclamado por la Buena Noticia de Jesús de Nazareth es vivido por mujeres y hombres que están inmersos en culturas. Por consiguiente, las formulaciones históricas del evangelio utilizan elementos de esas culturas. El evangelio puede penetrar las culturas sin quedar sujeto a ellas.
  2. En su contacto con las culturas, la Iglesia aprecia, respeta y protege todo "lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, [para que] no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios(3)" La Iglesia reconoce el valor de las religiones tradicionales (el corazón de sus culturas): son las expresiones vivientes del alma de cada pueblo particular, sustentadas por miles de años de búsqueda de Dios "con gran sinceridad y rectitud de corazón(4)."
  1. La evangelización inculturada respeta y renueva una cultura llevándola a su plenitud. El proceso de evangelización exitoso afecta las áreas más centrales de la cultura y mente humanas de manera que sean transformados y perfeccionados por la fe cristiana(5).

  2. La Iglesia ha aprendido que la inculturación requiere tiempo. Es un proceso profundo y que abarca muchos elementos, dado que incluye la vida entera de la Iglesia y el proceso entero de evangelización: teología, liturgia, la vida de la Iglesia y sus estructuras(6).
  1. A través de la inculturación la Iglesia se encarna en las culturas y las introduce dentro de su comunión, en un proceso de enriquecimiento mutuo que ayuda la Iglesia a saber y expresar mejor el misterio de Cristo, y no en pocas ocasiones a corregir desviaciones en su forma de transmitir el evangelio, es decir, otra vez la congruencia de fondo y forma(7).

  2. Está claro que para que tenga lugar una auténtica evangelización, la Buena Noticia debe ser percibida como respuesta los anhelos fundamentales de las culturas destinatarias. Hay necesidad de asegurar que el evangelio se convierta en Buena Noticia concreta dentro de las vidas de las personas a evangelizar: Compromiso por la paz, la justicia, los derechos humanos y promoción de la humanidad. La prueba de que la inculturación se ha dado realmente es cuando la gente se siente cada vez más comprometida con su fe cristiana porque la ha percibido con mayor claridad a través de la mirada de su propia cultura, cambiando la actitud interna hasta reflejar el gozo del servicio(8).
  1. Las Iglesias particulares son las principales responsables de la inculturación asimilando el mensaje del evangelio y transponiéndolo, en su verdad, a un lenguaje inteligible para su cultura." La inculturación debe comprometer a todo el pueblo de Dios y no sólo a los “expertos”, dado que los creyentes reflejan el Sensus Fidelium que nunca debe perderse la vista. Todo el pueblo de Dios está llamado a volverse sujeto (agente) de la inculturación(9).
  2. Hay la necesidad de encontrar un equilibrio entre la "encarnación" local necesaria del evangelio y mantener la comunión universal dentro de la Iglesia. Una tensión saludable entre estos polos (particularidad y universalidad) asegurará un auténtico proceso un inculturación al mismo tiempo guardando la catolicidad de la Iglesia.(8)

Estos ocho puntos nos proporcionan los principios fundamentales de la doctrina de la Iglesia católica con respecto a la inculturación. Tratan de ofrecer una inspiración que apunte hacia la dirección general y forma del trabajo por realizar. Sin embargo, cada proceso del inculturación tiene que ser desarrollado y entendido según su situación concreta. Es la responsabilidad del creyente profundizar en lo que este proceso significa para su realidad de evangelización concreta, cuáles son sus principales retos, cómo enfrentarlos, como se pueden fijar metas y la manera en que puedan ser evaluadas.

3. Hacia una metodología de la inculturación

La fe cristiana se ha entendido a sí misma como un mensaje universal de salvación. Los cristianos experimentan a Cristo y su evangelio como la manera más válida y conducente para encontrar a Dios y por esta razón quieren compartir su fe con otros. Podemos decir que el cristianismo es una fe misionera por naturaleza. Sin embargo, esta pretensión de universalidad debe ser sostenida por su éxito al encarnarse en contextos culturales y situaciones históricas diferentes, manteniendo al mismo tiempo una comunión de fe accesible y aceptable por todos. No hay que olvidar que para expresarse las culturas no necesitan el evangelio. Sin embargo, el evangelio siempre requiere de mediaciones culturales para lograr encarnarse. Sin una expresión cultural, el evangelio no tendría relevancia ni significando a la humanidad.

A lo largo de la historia humana, el evangelio se ha expresado siempre dentro de una cultura concreta. Por consiguiente, el proceso de evangelización siempre ha traído consigo un encuentro de culturas. El ideal de la inculturación es que este encuentro sea un diálogo que beneficie a ambos participantes. El presupuesto que ninguno de los participantes en ese diálogo tiene la comprensión completa de la Revelación. Los dos pueden ganar de la encarnación del evangelio en un nuevo entorno cultural. Esto hace de la inculturación un proceso de discernimiento cultural y espiritual. Partiendo de una misma experiencia de Dios se llega a su expresión en referentes simbólicos diferentes que ayudan a acercarse al misterio de la Revelación con mayor profundidad.

3.1 El primer paso en una evangelización inculturada: La necesidad de conocer la propia cultura y su relación con el evangelio.

El primer paso en el proceso de inculturación será dado por los propios evangelizadores, quienes deben comprender que el evangelio, tal como lo conocen, incluso la manera como lo recibieron y lo experimentaron, está culturalmente delimitado. La verdad trascendente, eterna y transcultural encarnada en Cristo siempre se encuentra vertida en las formas culturales de tradiciones particulares. En el cristianismo, la salvación implica siempre un encuentro personal con Jesucristo y su mensaje. A través de este encuentro, el creyente experimenta a Dios como un misericordioso Padre y a Cristo como el paradigma de lo que la humanidad está llamada a ser. Pero las formas simbólicas en las que esta experiencia común se expresa varían ampliamente. Cada cultura entiende y transmite su historia de la redención con sus propios términos culturales que pueden parecer extraños e incomprensibles a otras tradiciones.

Para ser un buen evangelizador, uno debe tener el marco teórico del conocimiento y análisis de la cultura y de la importancia de la religión dentro de ella. Esa fue la temática de nuestra primera conferencia. Por esto, los agentes pastorales deben recibir, como parte de su formación, una introducción a las ciencias de la cultura: antropología, lingüística, la crítica literaria, semiología, etc. La importancia que tiene la inculturación para el proceso de evangelización pone efectivamente a las ciencias de la cultura al nivel de colaboradoras con las disciplinas teológicas en el trabajo de desarrollar modelos de iglesia y ministerios apropiados a nuevos universos culturales(11).

Con estas herramientas analíticas, los evangelizadores pueden entender su propia cultura, un requisito previo para entender otras culturas. Algunas preguntas que deben ser respondidas por este tipo de análisis son: ¿Cuáles son las necesidades experimentadas en su propia sociedad? ¿Cuáles son los valores que le dan sentido y cómo se expresan simbólicamente? ¿Estos valores pueden ser referidos finalmente al evangelio? Este "inventario" de las cosas de más valor para la propia cultura puede ayudar a clarificar nuestra identidad religiosa. Constatar que normalmente muchas de esas "cosas importantes" no tienen nada que ver con el evangelio, muestra que todas las identidades religiosas son selectivas y sincretistas. Es especialmente importante que el misioneros caigan en la cuenta de cualquier prejuicio cultural que pudieran tener. Ésta no es una tarea simple. Por ejemplo, toda teología puede ser considerada una "teología local", influenciada por un contexto particular, con su cosmovisión, representaciones simbólicas y valores, relaciones de poder e intereses distintivos, etc. La pretensión de considerar una teología concreta como normativa y "transcultural", obviando sus determinantes culturales, es en sí misma una forma de prejuicio(12).

Este proceso de introspección permitirá a los evangelizadores crecer en humildad y comprender que la "fuerza total del evangelio" no puede ser abarcada por ninguna cultura particular, por más siglos de contacto que haya tenido con el mensaje evangélico(13). Todo anuncio humano del evangelio siempre es una aproximación y los evangelizadores deben ser conscientes de esto. No obstante, esto no debe representar un obstáculo para la evangelización. La historia de la Iglesia ha demostrado que el evangelio se puede inculturar exitosamente. Esta condición de ser indefectiblemente "incompleta" que tienen todas las teologías y, por ende, su necesidad de ser complementadas, nos da una perspectiva correcta del misterio de la Revelación y su interpretación y nos da una fuerte motivación a inculturar la Buena Noticia en todas las culturas. Sólo así podremos avanzar en el proceso de conocer más a fondo lo que la revelación definitiva de Cristo significa para la humanidad y eventualmente corregir errores y falsificaciones. Kirbi habla de más de 7,000 culturas diferentes vivas en nuestro tiempo(14). En lugar de considerarlas un estorbo a la propagación del evangelio, deben valorarse como otras tantas claves hermenéuticas para entender el misterio infinito de Dios.

Sin embargo, no podemos pretender que todas las teologías tienen la misma capacidad para contribuir maneras diferentes de entender el evangelio, o que todos sus referentes de sentido pueden ser considerados igualmente verdaderos. Dios ofrece su presencia y verdad a todos, sin ningún favoritismo. Pero la respuesta a la presencia de Dios siempre es condicionada a través de la propia subjetividad humana(15). Éste es un inmenso campo para el discernimiento que siempre implicará la adopción de criterios de juicio. Para la Iglesia católica, el criterio fundamental para este discernimiento son: las Sagradas Escrituras, la Tradición viva de la Iglesia (con sus dos elementos principales del Magisterio y el sentido de fe de los fieles, el Sensus Fidelium). Otras Iglesias cristianas tienen sus propios parámetros de discernimiento. En todos los casos, la crítica cultural puede ayudar a evitar el etnocentrismo y la exclusión de cosmovisiones alternativas.

Los misioneros, sobre todo los provenientes de las culturas "occidentales", necesitan someterse a un proceso de "desarme cultural", renunciando a toda actitud hegemónica como las que han sido usualmente desarrolladas por esas tradiciones(16). Eso les permitirá insertarse en un proceso de diálogo en términos de equidad con otras culturas. La meta es la construcción de un cristianismo que refleje la diversidad cultural y riqueza de nuestro mundo, siendo al mismo tiempo auténticamente universal y católico, y transmitiendo  a través de su actitud dialogante, humilde y de servicio, los contenidos centrales de la experiencia fundante cristiana.

La meta de este primer paso en el proceso de inculturación es permitir a los evangelizadores entender la "matriz cultural" de toda experiencias de fe, incluyendo la suya. Empezar con el estudio de una cultura familiar facilita el proceso. Esta habilidad, una vez aprendida, puede aplicarse al acercamiento a otras culturas y a la transmisión de contenidos (como la Buena Noticia) a través de fronteras culturales.

3.2 “Llegar a conocer al otro”, el siguiente paso en el proceso de inculturación

Cruzar las fronteras culturales nos hace comprender la diversidad de las organizaciones sociales humanas. Cada cultura ha desarrollado su propio acercamiento a la vida, con sus símbolos, los sistemas de valor y evaluación (ethos), su cosmovisión y los sistemas religiosos que los sostienen. La comunicación entre estas tradiciones diferentes puede ser difícil. Para permitir un diálogo fructífero es necesario un proceso de traducción (decodificación y re-codificación de símbolos, conceptos, costumbres, actitudes morales, etc.). En esta tarea las ciencias de la cultura proporcionan una ayuda inestimable. Ayudan a interpretar el sistema simbólico usado por cada cultura, haciendo su significado accesible a los "forasteros” (es decir, aquellos provenientes de otras culturas).

Normalmente, este proceso de interpretación inicia con el contacto entre el "forastero" (que puede ser el evangelizador) y los miembros de la cultura interlocutora. Se espera de parte del evangelizador una actitud de apertura respetuosa hacia los "otros". Desde luego, al principio, es de fundamental importancia aprender el idioma del grupo interlocutor. Esto permitirá al evangelizador establecer un nivel básico de comunicación. Un idioma (especialmente su estructura) puede proporcionar un acceso privilegiado a la cosmovisión de un grupo dado.

Pero aprender el idioma no es suficiente, aunque sea indispensable. Los próximos pasos ponen al evangelizador en un contacto más íntimo con la cultura a la que llega, con el "otro". Al principio, el "forastero" vive un período de fascinación con el grupo receptor. Todo parece nuevo e interesante. Esto se ha descrito como el período de la "luna de miel" en el que el interés para lo desconocido y el espíritu de aventura parece adormecer las tensiones creadas por vivir en un ambiente cultural ajeno.

Cuando la primera fascinación con los nuevos ambientes se va diluyendo, el misionero empieza a sentir verdaderamente las diferencias culturales. Esto puede generar conflictos y tensión. Los humanos tendemos a ser etnocéntricos y esto es natural. Nuestra identidad, construida dentro de una cultura particular, con su cosmovisión, valores y herramientas para enfrentarse con la realidad, se puede sentir amenazada al toparse con identidades culturales alternativas (y a veces contradictorias). Estas cosmovisiones diferentes cuestionan la validez de nuestra cultura como la manera más "correcta" de explicar la realidad y "vivir" en ella. Esta divergencia puede percibirse como una amenaza a nuestra identidad, particularmente cuando nos encontramos rodeados de personas que no están de acuerdo con lo que nos parece fundamental. Incluso puede percibirse subconscientemente como una agresión personal.

Esta fase en el proceso de inculturación es de suma importancia. Puede vivirse como una oportunidad de vivir y constatar la diversidad humana y la alteridad como riqueza. Cuando se vive en un espíritu de humildad, nos ayuda a considerar nuestra cultura y sus concreciones desde una perspectiva apropiada, permitiéndonos iniciar un verdadero diálogo con nuestros interlocutores.

Pero también es un momento de peligro. Hay dos posibles desviaciones en esta coyuntura. Los dos implican dos extremos poco realistas en la manera de considerar las culturas diferentes. En el lado aparentemente afirmativo, encontramos el llamado "utopismo", que es una visión idealizada (y falsa) del "otro", en la que todos los aspectos de su cultura son considerados positivos (y por lo general mejores que los de la cultura propia)(17). Este optimismo poco realista implica una falsificación de la cultura receptora que finalmente impide un intercambio cultural productivo. El forastero no entra en diálogo con un "otro" real sino con constructos de su fantasía (el “síndrome del buen salvaje”). A quienes caen en esta trampa, no les interesa dialogar con las culturas en cuanto tales, sino con su visión idealizada de ellas que no es más que una proyección de sí mismos.

En el otro lado del espectro encontramos el extremo negativo del "racismo". En este caso todos los aspectos de la "otra" cultura son considerados despreciables. De nuevo, éste es un caso de falsificación del interlocutor, en el que el forastero proyecta sobre la cultura receptora sus propios problemas de identidad y valoración cultural. También en este caso el diálogo queda truncado.

Cuando el "visitante" pasa esta fase con éxito, sin caer en las trampas que acabamos de describir, llega el tiempo para realizar una consideración imparcial de los dos sistemas culturales (el propio y el que se ha encontrado), descubriendo las diferencias entre ellos y la naturaleza de esas diferencias (superficiales, profundas, contradictorias, complementarias, etc.) La meta es aumentar el conocimiento y apreciación del "otro", nuestra comprensión, aceptación y respeto. El ideal es entender cómo la cultura interlocutora explicita y resuelve sus cuestiones más importantes (necesidades percibidas, esperanzas, miedos, aversiones, conflictos, etc.) y cómo las expresan simbólicamente. Para esto nos puede ayudar lo que definimos en nuestra primera charla como una “etnografía religiosa”. Sólo entonces podemos considerar que vamos entrando en un diálogo intercultural.

Esta praxis de encontrar al "otro" y prepararse para el diálogo es en sí misma una experiencia de la conversión. Trae consigo lo que se ha llamado una "dislocación cultural(18)." El "otro" es aceptado en su identidad, que no es definida en función de la identidad del evangelizador. Si el evangelizador sigue avanzando en este proceso hasta apropiarse de los sufrimientos y esperanzas de su cultura anfitriona, su anuncio de la Buena Noticia será más significativo para sus interlocutores.

3.3 El diálogo, núcleo del proceso de inculturación.

El auténtico encuentro con el "otro", estableciendo así una buena comunicación, es simplemente un requisito previo en el proceso de construir el diálogo. Es precisamente a través del diálogo que los evangelizadores pueden compartir su fe con la cultura receptora. Sin embargo, no cualquier intercambio puede ser considerado diálogo intercultural. Hay algunas condiciones que tienen que darse para posibilitar un intercambio fructífero de ideas a través de fronteras culturales.

Vimos en nuestra primera charla que el propósito central del acercamiento semiótico a la cultura es ayudarnos a tener acceso al mundo conceptual de otras culturas que a su vez nos permita "conversar" con ellas. Este acercamiento "interactivo" requiere de nosotros apertura y respeto para con nuestros interlocutores. Apertura que nos permitirá que escuchemos lo que realmente tienen que decir, haciendo siempre esfuerzos para entender su perspectiva y experiencia de vida. Respeto para reconocer sus contribuciones con su valor intrínseco sin intentar conformarlas a nuestros parámetros aceptables. Debemos evitar los extremos de considerar tales contribuciones como falsas en principio o pensar que los "conocemos mejor de lo que ellos se conocen."

El pluralismo cultural es parte de la condición humana, el inmenso número de sistemas culturales lo demuestra. Este pluralismo cultural puede contribuir a una comprensión más completa de la realidad y del misterio de Dios. A través del diálogo se van proporcionando nuevas pistas para interpretar la Revelación de Dios. Este diálogo también nos pone en contacto con la acción de Dios en otras culturas. Por consiguiente debemos acercarnos a este ejercicio con un espíritu de reverencia para la presencia de Dios en cada cultura. El diálogo nos permite asomarnos a la visión de la realidad Última que Dios ha brindado como don a cada tradición cultural.

La búsqueda de la verdad es la única meta posible para un diálogo intercultural honesto. Ésta no es una tarea simple. La verdad es una categoría dinámica y ninguna persona o sociedad dada pueden pretender tener el acceso pleno a ella. Precisamente porque Dios ha querido dar algo de sí a todos, no es la posesión exclusiva o privilegiada de ninguna cultura. En algunos documentos que tratan de la inculturación aparece una actitud de respeto a las culturas pero al mismo tiempo de sospecha si no es que de rechazo a las religiones que las sostienen. No obstante, "suprimirlas [las otras religiones] sería equivalente a borrar o anular una presencia real, [la presencia real] de Dios en el mundo(19)." Sin embargo, si alguien es atraído por el compromiso del evangelizador por Cristo y su evangelio, esto se debería a la acción de Dios en lugar de ser el resultado de una “conversión” programada. La experiencia nos ha mostrado que podemos acercarnos más a la verdad a través de la discusión y disentimiento que a través de un acuerdo superficial. De ahí la importancia de fortalecer el diálogo y la interculturalidad como una actitud de vida y su inclusión en la formación de agentes pastorales.

Michael Amaladoss propone cuatro niveles de diálogo, cada uno con su propia especificidad(20). Primero considera un diálogo de vida, de interacción diaria. Esto sería similar al encuentro con el "otro" que describimos en la sección anterior. Es a través del compartir la vida con miembros de las culturas receptoras, conociendo y compartiendo sus esperanzas y miedos, sus alegrías y sufrimientos, que aprendemos a entenderlos y a comunicarnos con ellos, ganando la autoridad moral para presentarnos como interlocutores legítimos. En el proceso de evangelización, éste puede ser el tipo más importante de diálogo a emprender. Misioneros que han vivido insertos en comunidades populares e indígenas han sido motivados por esta intuición. Este diálogo de vida puede necesitar muchos años antes de que el próximo paso pueda darse.

Normalmente, el diálogo de vida sería considerado como un requisito previo para las otras formas de diálogo. Sin embargo, encontramos otros tipos de diálogo. Uno también importante es  el de "expertos" en la doctrina de cada grupo involucrado que se encuentran para compartir sus tradiciones y enriquecerse entre sí. Esto es lo que Amaladoss define como diálogo de intercambio intelectual.

Otras formas de diálogo se pueden realizar simultánea o separadamente. Amaladoss considera fundamental el que llama diálogo de experiencia espiritual. De hecho este tipo de intercambios basados más en la “experiencia de Dios” (en la experiencia fundante) que en las doctrinas religiosas, ha probado ser especialmente fructífero. Un experto en el campo, Wayne Teasdale, ha dicho al respecto que en el nivel místico, las religiones tienen mucho para compartir, mientras que a un nivel “académico-doctrinal” las palabras y conceptos se convierten en auténticos escollos para la comunicación interreligiosa(21). Finalmente, el cuarto tipo de diálogo propuesto por Amaladoss es llamado “diálogo como colaboración para la promoción humana”. Una manera privilegiada de dar testimonio de la fe cristiana es unirse a los esfuerzos por conseguir una sociedad y un mundo más justo y equitativo.

Todas estas formas diferentes de diálogo pueden ser casuales, con casi ninguna estructura o metodología, u organizadas, con varios grados de formalidad. El proceso de evangelización puede ganar de ambos acercamientos, cada uno proporcionándole su riqueza particular al proceso del inculturación.

4. A manera de conclusión: el papel de la comunidad en el proceso de inculturación.

Esta presentación no estaría completa sin enfatizar la importancia de la comunidad en el proceso de inculturación. Hemos estado describiendo las precondiciones necesarias para la encarnación genuina del evangelio en una cultura. Sin embargo, la evidencia nos muestra que "sólo aquellos versados en su propia cultura son capaces de inculturar e integrar el evangelio a ella(22)". Los misioneros deben reconocer que nunca conocerán (experimentarán) la cultura de sus interlocutores como las personas que nacieron y crecieron en ellas. El papel del evangelizador es hacer que la experiencia de Dios cristiana sea accesible a la cultura de los destinatarios. Pero ése es simplemente el principio del camino. El evangelio debe interactuar con la cultura, con las vidas de las personas, con la comunidad de fe.

La historia nos enseña que el evangelio es un factor de transformación cultural. Cuando el evangelio no desafía y renueva una sociedad, probablemente no ha sido inculturado. Una vez que la experiencia de Dios cristiana ha llegado a una sociedad, cuestiona los elementos de la cosmovisión de la cultura que contradicen los valores del evangelio. Esta "conversión" sólo puede darse en los corazones y mentes de las personas que conocen la cosmovisión de su cultura, con su expresión simbólica, y al mismo tiempo han experimentado el encuentro con el Dios de Cristo. Permaneciendo en su cultura, estos nuevos cristianos son críticos de todos los elementos en su sociedad que son contrarios al Dios que han experimentado. De manera que los sujetos, es decir, los promotores activos de esta fase final y definitiva del proceso, son las comunidades de fe arraigadas en sus culturas respectivas.

Estas comunidades se constituyen en "Iglesias locales", reconocidas como esenciales en el proceso de evangelización. Creyendo en el mismo evangelio de todos los cristianos, lo perciben, experimentan, expresan y celebran en formas diversas. Así fue como evolucionaron todas las tradiciones dentro de la Iglesia: latina, bizantina, semita, eslava, etc. Últimamente, después de muchos siglos de inmovilidad, la Iglesia católica ha dado pasos importantes para reconocer la necesidad de la inculturación y su enseñanza reciente lo muestra. Hay, sin embargo, un largo camino por delante. Hacen falta acciones pastorales concretas que reconozcan la diversidad cultural como fundamental para la reflexión teológica, la liturgia, la estructura de la Iglesia, los ministerios, etc. La catolicidad de la Iglesia no puede continuar siendo construida con base a una eclesiología de uniformidad. La Iglesia universal está llamada a ser enriquecida por las nuevas voces de las Iglesias locales.

Con esto terminamos nuestro recorrido para tratar de ofrecer un marco teórico para las discusiones, discernimiento y actividades de los próximos días. Esperamos haber podido dar un acercamiento práctico y útil al fenómeno de la cultura, su relación con la religión y la identidad personal y grupal, así como su papel en la transmisión del mensaje central de la Buena Noticia Cristiana: la irrupción del Reino de Dios como horizonte de sentido para la humanidad.


1.- Pablo Suess, “El evangelio en las culturas: camino de vida y esperanza”, Selecciones de Teología, No. 133, enero-abril 1995, 33.

2.- Paulo VI, Evangelii Nuntiandi 22, CELAM, Puebla 407.

3.- Vaticano II, Lumen Gentium, 17.Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 53.

4.- Evangelii Nuntiandi, 19.; CELAM, MedellínVI 2 [5], y Santo Domingo 228; Juan Pablo II, Slavorum Apostoli, 16, Ecclesia in Africa, 59; and Ecclesia in Oceania, 16.

5.- Juan Pablo II Ecclesia in Africa, 62.

6.- Juan Pablo II, Orientale Lumen, 38.

7.- Este punto fue tratado con especial cuidado por el Magisterio de las Iglesias Latinoamericanas en los documentos de las Asambleas generales del CELAM de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida.

8.- Juan Pablo II, Ecclesia in Asia, 22.

9.- Redemptoris Missio, 63. Ver también : CELAM, Medellín IV, 2 [8], Santo Domingo, 230b.

10.- See Slavorum Apostoli, 27, and Orientale Lumen, 40.

11.-Kirbi, Jon P., “Language and Culture Learning IS Conversion... IS Ministry”, Missiology: An International Review, Vol. XXIII, No. 2, April 1995, 135.

12.- Cf. Menamparampil, Thomas, “El reto de las culturas”, Servicio de Prensa para Religiosos y Religiosas (Madrid), abril-junio 1998, 18.

13.- Cf. Suess, Paulo, “O Evangelho nas culturas: caminho de vida e esperança. Apontamentos para o V Congresso Missionário Latino-Americano”, Perspectiva Teológica, n. 25 (1993), 308.

14.- Cf. Kirbi, “Language and Culture Learning IS Conversion”, 135.

15.- Torres Queiruga, Andrés, “Cristianismo y Religiones: ‘Inreligionación’ y cristianismo asimétrico“, Sal Terrae 85/1, enero 1997, 7.

16.- Cf. Vitoria Cormenzana, Francisco Javier, “Diversidad cultural y evangelio de los pobres”, Revista Latinoamericana de Teología, XIV, No. 42, 1997, 275

17.- Ver:Todorov, Tzvetan, La conquista de América, el problema del otro, Siglo XXI Editores, México 2001, 182-194.

18.- Pablo Suess, “El evangelio en las culturas: camino de vida y esperanza”, Selecciones de Teología, No. 133, 33-42

19.- Torres Queiruga, Andrés (1997) “Cristianismo y Religiones: ‘Inreligionación’ y cristianismo asimétrico“, Sal Terrae 85/1, 10-11.

20.- Amaladoss, Michael, “Dialogue and Mission”, Interview in Columbans, [on line] <http://indigo.ie/~columban/amalad.htm> [accessed 23rd Novermber 2002];

21.- Teasdale, Wayne, “Interreligious Dialogue since Vatican II”, Spirituality Today, Vol. 43, No. 2, Summer 1991, 119-133.

22.- Ver: Maccise, Camilo, “New Prospects and Challenges for Missions”, OCD General House 1998 y Thomas Menamparampil “El reto de las culturas”, 18.

 

 
           
       
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