Sábado, 4 de julio de 2009
Profundización sobre el eje temático
 
Ponencias de Alexander Zatirka, sj
Director del Departamento de Ciencias Religiosas. Universidad Iberoamericana. México, D.F.
 
 
1.- Cultura, Religión e Identidad
2.- Experiencia de Dios y Religión
3.- Evangelización y Cultura
Compartiendo la Buena Noticia del Reino a través de fronteras culturales
 
Comunicación nº 4
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Experiencia de Dios y Religión

1. La religión como núcleo de la cultura. La experiencia de Dios como núcleo de la religión

En nuestra charla anterior nos acercamos al fenómeno de la cultura y a la religión como núcleo de identidad de ese universo de sentido. Entender la religión es entender la cultura a la que sirve de sustento. Decíamos que inclusive las culturas que pretenden construirse desde bases ateas o agnósticas, desarrollan su propia religión secular, con sus actos religiosos correspondientes, para unir y reforzar su cosmovisión y ethos. No hay cultura sin religión y no hay religión que no esté concretada en actos religiosos. También decíamos que a través del análisis de los actos religiosos (basado en una etnografía religiosa previa) podemos acercarnos a los paradigmas, contenidos existenciales densos (no discursivos) que se transmiten a través de lo mismos actos religiosos.

Es (en algunos casos) sólo hasta vislumbrar algunos de estos elementos paradigmáticos donde los antropólogos interpretativos consideran que termina su trabajo. Su intuición es que solamente quienes atraviesan el umbral de la fe propia de cada tradición religiosa, estarán en disposición y capacidad para captar en su totalidad lo que estos paradigmas significan. Una vez más resuena el grito de batalla de este acercamiento al análisis cultural: “¡que hablen los creyentes!” Clifford Geertz hizo algunos acercamientos iniciales a lo que este cruce de la frontera de la fe podría significar. En sus estudios sobre los actos religiosos de los balineses, creyó entrever algunos de los paradigmas transmitidos en ellos, aunque siempre reconoció que en conciencia no podía él considerarse un “creyente” ni estaba en condiciones de llegar a serlo. Algunos de sus seguidores, como los representantes principales de la corriente de la antropología dialógica, Barbara y Dennis Tedlock, sí se atrevieron a pasar esa frontera y siguieron el proceso de inducción, capacitación y consagración como chamanes mayas (el término de este ministerio en la cultura quiché es chuchkajaw, que significa “Señor/señora abuelo/abuela”). Sus estudios son un acercamiento muy interesante a la posibilidad de adentrarse a través de la religión en universos culturales diferentes al de nuestro origen, destacando los aciertos, errores y peligros de este proceso, con los alcances y limitaciones del posible acceso a su respectiva experiencia religiosa fundacional.

Aquello tras lo cuál iban estos estudiosos de la cultura era lo que podríamos llamar el “núcleo del núcleo” de la cultura, la quintaesencia de su identidad, ubicable dentro de su religión. Si bien se puede considerar a la religión como el núcleo de la cultura, como el destilado de los principales elementos contenidos en su cosmovisión y ethos, la religión a su vez parece tener un núcleo fundamental constituido por los paradigmas que vehicula. Encontrarnos con un nuevo punto central dentro de la religión, necesariamente nos lleva a pensar si hay algunos otros elementos que nos ayuden a entenderlo y ver cómo opera, es decir, nos lleva a la pregunta sobre la posible existencia de una estructura de funcionamiento hacia dentro del fenómeno religioso.

Si nos quedamos solamente con la perspectiva evolucionista adaptativa con la que los antropólogos interpretativos describen el surgimiento de la cultura (como una forma de transmisión paralela, no genética, de contenidos necesarios para la supervivencia), todo parecería determinado desde fuera, en otras palabras, las condiciones ambientales serían las causantes de que un pueblo se organizara de una forma, explicándose el universo de tal manera que le permitiera funcionar eficazmente en ese contexto y así asegurar su supervivencia. Puesto en otros términos, la necesidad de supervivencia frente a un ambiente hostil y con recursos limitados, ocasionaría el surgimiento y desarrollo de una forma concreta de enfrentarlo y los mecanismos para transmitir estos saberes (herramientas adaptativas) para transformarlo a beneficio del colectivo. Desde esta perspectiva la cultura, y la religión que le sirve de núcleo de identidad, estarían determinadas por las necesidades de supervivencia humana. Esto acercaría la postura de la antropología interpretativa a la que vimos asociada a corrientes como el evolucionismo, el materialismo cultural y el materialismo dialéctico. La aparición de “religiones seculares” en culturas que se definen como no confesionales, ateas o agnósticas, parecería fundamentar esta conclusión. Y este hecho empírico parece que ha servido para darle peso a una visión materialista/determinista del surgimiento de la cultura y la religión.

Pero podría haber un acercamiento diferente, que hiciera referencia sobre todo a culturas que han sido construidas sobre tradiciones religiosas milenarias, como el budismo, el judaísmo o el cristianismo. ¿Sería posible pensar que la cultura no se construye desde fuera, es decir, que no es a partir del medio ambiente que se concreta una cosmovisión, ethos y religión determinados por él? ¿Podríamos arriesgarnos a pensar que el referente primero, fundamental, de una religión no viene del medio ambiente, sino de la irrupción dentro de ese ambiente de un principio que se revela como fundamental para entender todo lo que existe? Esa sería la postura común a todas las grandes tradiciones religiosas, sea que crean en un Dios personal o en una Realidad Última impersonal. Para quienes viven dentro de estos sistemas de significado (para los “creyentes”) en el fondo de su religión hay una experiencia de encuentro con lo radicalmente verdadero, de donde reciben su sentido todas las cosas apreciables en el mundo perceptible por los sentidos. En este caso lo primero sería la experiencia de irrupción y encuentro con ese Referente Último, que termina convirtiéndose en clave de interpretación (llave hermenéutica) fundamental para entender el mundo (medio ambiente) y la manera de estar idealmente en él.

Esta aseveración es muy importante y radical ya que implica que la cultura no es producto en última instancia del ser humano y su adaptación al mundo, sino de la Realidad Última que se revela como definitiva. Esto no quiere decir que una vez revelada (una vez que se ha hecho transparente) los seres humanos no puedan fallar en su intento de construir (a partir del paradigma fundacional, ese sí auténtico por necesidad) un sintagma (discurso religioso concretado en actos) que a su vez se desdoble en una manera de entender el mundo (cosmovisión) y la forma ideal de vivir en él (ethos). Podríamos concluir que han existido y existen concreciones (culturas-religiones) más o menos afortunadas para reflejar y transmitir la revelación (paradigmas) que esta irrupción (revelación o desvelamiento) de la Realidad Última ha dejado para la humanidad.

Para poder profundizar en esta intuición vale la pena acercarnos a esta experiencia de revelación desde un contexto que nos es familiar, el de la fe cristiana. Ahí nos acercaremos a la experiencia de encuentro con la Realidad Última (mediada por Jesús de Nazareth y su mensaje central de la llegada, irrupción, del Reino de Dios), y la manera como pudo haberse concretado en una religión y las culturas sustentadas por ella. Idealmente, podríamos intentar llegar a elaborar criterios evaluativos para ver si esas culturas-religiones fueron más o menos fieles a la experiencia de Realidad Última que estaban llamadas a reproducir/encarnar y transmitir.

2. La “Experiencia de Dios”, de contacto con lo Real, como núcleo de identidad de la religión, y eventualmente de toda la cultura

Decíamos que así como la cultura tiene un núcleo que es la religión, la religión a su vez tiene un núcleo que es la experiencia de Dios, una irrupción de la Realidad Última dentro de la conciencia humana que la hace “evidente” como sentido último de todo lo que existe. ¿Qué significa esto?

En el fondo de nuestra religión (y de todas las religiones) hay una experiencia fundante que se vivió como encuentro con aquello que se impuso como realidad última y definitiva. Utilizamos el término “impuso” porque la experiencia de encuentro con Dios es de tal fuerza y contundencia que lo demás se vuelve relativo en su presencia, dejando claro que todo lo que existe recibe de Él su densidad ontológica, existe gracias a Él. El análisis lingüístico nos lleva a confirmar esta intuición. Javier Melloni presenta la raíz indoeuropea sak- como origen del término “sagrado”. El significado de este radical semántico es “conferir existencia”, “hacer que algo llegue a ser real”(1). Lo sagrado es lo que realmente existe, todo aquello que transparenta a Aquel que lo sostiene. La “experiencia de Dios”, no hace referencia a una vivencia aislada de una mente febril. La historia nos muestra que implica una vivencia múltiples veces experimentada en las más diversas tradiciones culturales y religiosas de toparse con aquello (Aquel, El/Lo Existente) que “existiendo hace que lo demás exista”, “que capacita a las cosas para que sean reales”. Podríamos decir, además, que hace que las cosas sean reales en la manera precisa como son reales. Esto último es importante. Porque el orden (cosmos) que transmite una experiencia fundante (derrumbando la ilusión de un mundo “caótico”, sin armonía ni concierto) no es cualquier orden sino aquel que se ha manifestado/revelado como definitivo y normativo desde Aquel que lo sustenta.

La “experiencia de Dios” podríamos denominarla más propiamente con el término ignaciano de “experiencia fundante”, ya que ella funda y da sentido a la visión de la realidad que tendrá, a partir de ella, quien la haya experimentado. Estas experiencias fundantes se viven como una “revelación”, la irrupción de algo (Alguien) que inicialmente no era obvio y que de pronto se volvió perceptible, inteligible, referente último y definitivo.

Otro referente a lo real/concreto de la práctica religiosa es que a su vez, las experiencias fundantes a las que hacíamos referencia implican por lo general a un sujeto concreto que las vivió, una persona que fue transformada radicalmente por este encuentro con lo Definitivo. En el origen de toda religión hay una persona, un ser humano como nosotros (lo que deja siempre abierta la posibilidad de que tengamos acceso a la misma experiencia fundante) y su experiencia de encuentro con el Misterio. Este encuentro, a su vez, siempre marca definitivamente la vida del que lo experimenta. Basta hacer un rápido recorrido mental por las grandes figuras fundadoras de las tradiciones religiosas milenarias para ver que en todas ellas se presenta este patrón:

  1. Hambre de trascendencia, sentido y búsqueda de la verdad. La Realidad Última atrae y seduce a aquellos llamados a buscarla y encontrarla. Podemos decir que toma la iniciativa.
  1. Experiencia de Dios (fundante) que “toma” completamente a quien la experimenta. Es una experiencia mística de encuentro y unión con lo Definitivo.
  1. Visión renovada del mundo a partir de la clave hermenéutica captada/vivida en la experiencia fundante.
  1. Deseo de compartir con todas las personas posibles esa experiencia que se experimenta como positiva y humanizante.
  1. Establecimiento de un proceso de inducción para que los destinatarios del mensaje a su vez vivan la experiencia fundante.
  1. Legado de la experiencia y la manera de reproducirla al grupo de seguidores que quedan como encargados de velar por su autenticidad.

Este pequeño esquema se lo podemos aplicar, como apuntábamos, a la mayoría de las grandes religiones contemporáneas: a Buda y al nacimiento de su doctrina, a Abrahán/Moisés y el nacimiento del judaísmo, a Jesús el Cristo y el nacimiento del cristianismo, a Muhammad y el nacimiento del Islam. Lo mismo podríamos decir de otras religiones igualmente antiguas pero menos conocidas, como los sistemas de fe indoamericanos o africanos.

Volviendo a nuestra descripción de la experiencia de Dios como experiencia fundante podemos decir que encontrarse con la Realidad Última significa siempre una liberación, un pasar de la oscuridad a la luz, del caos al cosmos, del sinsentido a un claro horizonte de sentido. Sin perder el elemento de lo “tremendo” y trascendente propio del contacto con el Misterio último, del “temor y temblor” del que hablan las Sagradas Escrituras, quien vive esta experiencia percibe su vida transformada definitivamente para bien por el encuentro con la Realidad Última. Liberado de la angustia de sentirse ante un mundo caótico y donde todo pareciera darse por azar, siente que finalmente “entiende” y capta el “orden” que subyace todo lo que lo rodea, y que explica hasta su misma existencia. Cae en la cuenta, de manera intuitiva y al mismo tiempo contundente, que existe un “plan”, una inteligencia, un orden que lleva la cadena de hechos hacia un fin razonable y con sentido. No es gratuito que las palabras que definen este principio orientador de la realidad hagan referencia en las diversas lenguas a un mismo campo semántico: orden, ley, estructura, y la actitud de configurarse a ese orden revelado. Tal es el caso de palabras/conceptos bien conocidas por nosotros como Tao (o Dao, en el misticismo naturalista chino); Dharma (en el hinduismo y budismo); Torah (en el judaísmo); Reino de Dios (en el cristianismo); Islam (en la religión musulmana).

Quien vive estas experiencias fundantes también constata que cuando orienta sus decisiones y acciones refiriéndolas a ese “orden”, su vida se hace cada vez más armónica y plena. Descubrir semejante tesoro, una alegría tan grande como esa, impele a compartirla con otros. Es más, el “orden” revelado por lo general implica esa corresponsabilidad por los demás como veremos un poco más adelante.

Finalmente, no debemos nunca de perder de vista que la auténtica experiencia religiosa es “real”, es decir, perceptible/experimen-table/constatable, nunca es una idea, un mero discurso, por más bien articulado y plausible que éste pudiera parecer.

3. Desarrollo de la religión a partir de la experiencia fundante de Dios (la religión como mistagogía)

Decíamos que en el origen de toda religión (y de las culturas que eventualmente se concretan a partir de ellas) hay una experiencia de encontrarse con la Realidad Última que se revela como dadora de existencia y de sentido. Para que esto sea una realidad, y no solamente el fruto de la imaginación de un idealista, hace falta que la experiencia sea transmisible, repetible. Los grandes místicos fundadores buscan pronto (o parecen convocar con el magnetismo generado por su testimonio) seguidores que se sienten atraídos por su personalidad y talante. Quien se ha encontrado con el Misterio y ha sido transformado definitivamente por él, parece irradiarlo, transparentarlo, y eso atrae a personas cuya sensibilidad está orientada a esta misma búsqueda.

En el nacimiento de las grandes tradiciones religiosas encontramos un periodo de tiempo en que el fundador trata, no siempre con éxito, de lograr que aquellos que se han sentido atraídos por su manera de “ser humano”, no se contenten sólo con eso sino que accedan a vivir la misma experiencia fundante que el místico fundador ha vivido. Y para esto buscan una y otra vez formas de poder suscitar en sus seguidores (muchas veces inmaduros, vacilantes y/o confundidos) la misma vivencia de encuentro con lo definitivamente Real y contundente. Sólo esta vivencia personal y directa los convertirá en auténticos seguidores “del camino”, seguros de lo que hacen y capacitados, a su vez, para transmitirlo a otros.

Estos procesos de inducción a la experiencia fundante se estructuran en un programa de didáctica espiritual que se ha denominado (ya por los Padres de la Iglesia) como “mistagogía”. Por lo general implica un tiempo de preparación que sensibiliza al adepto para poder captar la omnipresencia del/de lo que todo lo sustenta. Esto suele implicar purificar una visión autocentrada  de la realidad y de la propia identidad (o más bien curar la ceguera que esta actitud causa), para abrirse a un horizonte de sentido basado en relaciones de reciprocidad e interdependencia. Esta temática la cubriremos más ampliamente en nuestra tercera ponencia.

La utilización del término “mistagogía” que evoca el más conocido de “pedagogía”, tiene un significado profundo. Así como el pedagogo era un esclavo cuya responsabilidad era simplemente llevar al niño (paidos) con el maestro (didakos), y nunca erigirse en maestro el mismo, así el proceso mistagógico está llamado a conducir a quien lo vive al encuentro con el Misterio, y nuca a suplantarlo. El receptor de la experiencia fundante, el místico fundador, recibe a su vez el don de poderla transmitir, asegurándose que la mistagogía que ha vivido y quiere transmitir a sus seguidores, refleje las características propias de la experiencia. Una ruptura en este proceso de inducción, un paso en falso (que separe de la experiencia original o la altere), puede acabar con la transmisión, desvirtuarla, con graves consecuencias para la religión que se sustenta en ella y para la cultura que se construye con base en esa religión. Esto dejaría a la religión en crisis, lo que a su vez traería como consecuencia una crisis de la cultura y de la sociedad.

Es nuestra intuición que las crisis culturales e institucionales, como la que estamos viviendo, sobrevienen cuando las religiones que las sustentan ya no pueden vehicular la experiencia fundante que está en su núcleo, y a la que no pueden dejar de hacer referencia. Podríamos decir que las religiones son fundamentalmente mistagogías, caminos que ayudan a sus seguidores a encontrarse con el Misterio, tal y como se vivió en la experiencia fundante encarnada en la vida concreta de sus fundadores. Pero esta cristalización, para que devenga en religión y no meramente en discurso ideológico, necesita vehicular la vivencia del encuentro con Dios, hacerla repetible y vuelvo a insistir que ésta como una vivencia real y constatable.

4. Jesús de Nazareth y la “Experiencia Fundante” de los cristianos

Dentro de la tradición cristiana esta experiencia fundante se asocia con el encuentro con un Dios personal que se revela al ser humano como un Creador cercano, misericordioso, compasivo y amoroso. Durante esta experiencia y, de manera ideal, después de ella y durante toda la vida, se puede percibir cómo este Dios actúa, así como su omnipresencia en su Creación, aunque se intuya que es un Dios “siempre mayor”, inabarcable, Mysterion.

Para empezar habría que destacar que una de las particularidades fundamentales de nuestra religión es que su experiencia fundante básica es encontrarse y entrar en relación con una persona: Jesús de Nazareth. Hallarse con él, desde su experiencia de vida, constituye la vivencia básica de cualquier cristiano. A su vez, la vida toda de nuestro Salvador es una serie de experiencias fundantes. Siendo verdadero Dios y verdadero hombre, y manteniendo siempre actuantes sus dos voluntades, Cristo se constituye en camino para todos los humanos, ya que como humano vivió la que tal vez fue su experiencia fundamental: su apertura al encuentro con un Dios que se manifiesta como Padre amoroso, con una misericordia sin límites y que quiere comunicar su “voluntad” a aquellos a quienes ama. Eso vivió Jesús como hombre, en esa experiencia una y otra vez refrendada (en su bautismo, tentaciones, vida pública, pasión, muerte y resurrección) y es la que quiso transmitir a sus discípulos: Dios nos ama y vale la pena poner nuestras vidas en sus manos.

Por lo tanto estas vivencias concretas de la vida del Señor que nos han sido transmitidas por la Sagrada Escritura son experiencias confirmatorias y complementarias que aclaran quién es este Padre y lo que significa vivir de acuerdo a su “voluntad” (ser “ciudadanos del Reino”). La voluntad del Padre hace referencia a un orden (una manera de ser, una actitud existencial de apertura a la comunión) encaminado a la salvación/plenificación de la Creación (que es tal vez el sentido último del término Reino de Dios). Quién va descubriendo este misterio a través del encuentro con el Padre por Cristo en el Espíritu Santo, descubre el “orden”, el cosmos armónico del proyecto de salvación de Dios y empieza a orientar su vida y cada una de sus acciones en esa dirección.

Vivir desde la soberanía de Dios (Reino) es reproducir en uno mismo las actitudes de Dios tal como se nos han revelado en el Señor Jesús (Cristo es Dios comunicándose con nosotros “en humano”, es decir de una manera inteligible para nosotros). La Sagrada Escritura lo expresa con claridad: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 19:9b). Y para encarnar en nuestras vidas concretas las actitudes de Cristo debemos primero aprenderlas, hacerlas nuestras, o como algunos han llegado a decir: descubrirlas en lo más profundo de nuestro ser como parte de la “impronta crística” de nuestra creación.

Jesús realiza en nosotros lo que los psicólogos contemporáneos llaman “modelaje”, una especie de transmisión de saberes/experiencias/actitudes (en resumen, sabiduría) que va más allá del lenguaje común e implica a toda la persona y sus actitudes vitales, que son “contagiados” a los que se acercan a él. Casi por “ósmosis” se van incorporando la serie de valores y actitudes ejemplificadas por quien sirve de “modelo”. Nuestro Salvador experimentó como hombre el encuentro con la realidad de ese Padre cercano y compasivo, comprometido con sus criaturas de manera personal, en una relación cuyo fundamento básico es el amor gratuito. Jesús de Nazareth se sintió transformado por eso y se sintió llamado a ser vehículo de la transformación de otros para que tuvieran la misma experiencia. Y esto lo logró con su presencia, a través de la cuál quienes se topaban con él y eran tratados por él como él se sentía tratado por su Padre, sentían haberse encontrado con una “Buena Noticia”. Podemos decir que la mistagogía de Cristo (y la que la comunidad cristiana está llamada a reproducir) es una mistagogía de la presencia testimonial, del modelaje.

Ya decíamos que el encuentro con el Señor Jesús como Buena Noticia se podría considerar la “experiencia fundante” de nuestra fe, lo que tradicionalmente llamamos el kerygma, que más que contenidos conceptuales deberíamos de ver como una experiencia personal y colectiva. Central a este kerigma es experimentar a Dios como el “filántropo” por excelencia, el amador de toda la humanidad, el aliado de los hombres. Por resumirlo en una frase evangélica: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3:16). Encontrarnos con Cristo, como concreción del amor gratuito e infinito de Dios por nosotros es imprescindible para acercarnos a la experiencia fundante del cristianismo.

5. El Señor Jesús y la experiencia fundante del cristianismo (su paradigma fundamental)

Acerquémonos ahora con un poco más de detalle a lo que puede ser esta experiencia fundante de la fe cristiana. Un excelente resumen de la vida cristiana (religión) como mistagogía nos viene en el final de la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios (13:13): “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, sean con ustedes”. Pablo desea para la comunidad a la que se dirige (bastante conflictiva por cierto) que puedan refrendar la vivencia de encuentro con Dios sobre la que han construido su fe. Es nuestra convicción que estaría haciendo referencia a un proceso mistagógico concreto en el que la secuencia de las referencias (Hijo, Dios [Padre], Espíritu) no es fortuita sino que describe un orden concreto, una vivencia procesual. Cada una de estas “personas” (válgaseme el anacronismo) está acompañada de una característica/acción que parece describirla y a su vez pareciera el preámbulo para la siguiente: el Señor Jesucristo como gracia (conduce a) Dios (el Padre) como amor y finalmente (nos lleva a) el Espíritu Santo como comunión.

La puerta de entrada a nuestra experiencia fundante es encontrarse con Cristo como gracia, como gratuidad absoluta, donación sin condición, amor ofrecido sin prerrequisitos. Quien acoge a Cristo así, quien baja la guardia y se deja amar de esa manera, puede finalmente acceder al misterio del amor infinito que tiene como fuente al Padre. La incorporación a este círculo del amor trinitario, finalmente, lo experimentamos como comunión, común-unión, relación de participación de bienes, que es la naturaleza última del amor, personificado en el Espíritu Santo, Espíritu de Cristo. Por lo tanto, vuelvo a insistir, para el cristiano la experiencia fundante es el encuentro con el Señor que lo recibe sin condiciones, mostrándole la dimensión inimaginable del amor del Padre.

Pero aquí surge un problema. No basta con decir que el encuentro con Cristo es el fundamento, la puerta de entrada a la experiencia fundante de la fe cristiana. Hay que encontrarnos con el Señor “completo” y no solamente con lo que nos agrada de él y su mensaje. ¡Hay tantas imágenes falseadas del Señor! Habrá quien se identifique con un Jesús combativo, defensor activo de la dignidad de la humanidad, pero este mismo creyente tendría problemas para aceptar un Jesús obediente a la voluntad del Padre que se deja conducir como cordero a la muerte. Otras personas se sentirán atraídas por la misericordia de Jesús por los enfermos y excluidos, pero les causará rechazo imaginarse a Jesús indignado y corriendo a los vendedores del templo. Pareciera que conviven en el Señor muchas personalidades. ¿Habrá algún elemento (un hilo conductor) que las una a todas y que sirva de sentido a todas ellas? Nuestra intuición es que sí la hay y que ese es tal vez el paradigma fundamental de la experiencia cristiana de Dios.

San Pablo ponía en guardia a las comunidades destinatarias de sus cartas diciendo que él sólo predicaba a Jesús crucificado: “no con palabras sabias para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios” (1 Cor 1: 18). Para el Apóstol por excelencia el Señor Jesús nunca deja de ser el centro de su anuncio, es su kerygma. Pero al mismo tiempo, de todos los elementos de su vida, Pablo parece considerar su muerte en cruz (y su resurrección de entre los muertos como parte integral de un solo mensaje) como la clave hermenéutica para entender quien es Jesús y su mensaje de salvación.

Para entender quien es el Padre y su Reino, tenemos que acercarnos a la cruz como muestra de un amor que se entrega sin condiciones y hasta las últimas consecuencias. Quien acepta vivirse desde este vaciamiento de la cruz, recibe la promesa real de la vida definitiva. Dios se revela a sí mismo como alguien que se entrega (que se vacía en kénosis, despojo). Cristo es el don supremo de ese Dios que viene a entregarse. Por lo tanto, un signo de la auténtica experiencia fundante cristiana es la vivencia de recibir un llamado irrefrenable a despojarse, en el vaciamiento/entrega (kénosis) por amor que Cristo mismo nos enseña (Flp 2:5-11). Quien se ha encontrado con el Siervo sufriente de Yahveh (el que por amor carga por nosotros con todas las consecuencias de nuestros pecados), es por este encuentro transformado, invitado a hacerse pobre, desarmado y libre como su maestro, es decir, ofrenda y don.

Esta experiencia fundante de la fe cristiana ha de transmitirse en una concreción de vida que necesariamente haga referencia al ejemplo del Señor, pobre y entregado, apertura al otro y don de sí como voluntad última del Padre. Como también se ha dicho, Cristo nos muestra un amor desarmado, ofrecido, sostenido con una vida que transmite esta actitud “del que vino a servir”. La experiencia fundante cristiana se puede traicionar de muchas maneras, pero sin duda la más destructiva de todas es cuando se vincula el mensaje de Cristo a cualquier forma de poder o de apropiación, y peor aún, cuando quienes nos decimos portadores de la Buena Noticia nos presentamos insensibles a la inequidad y la exclusión, dolorosas consecuencias del abuso del poder y la apropiación. Y esto sin olvidar que son dolorosas tarde o temprano tanto para quienes las sufren como para quienes las provocan.

En resumen, la experiencia fundante de la fe cristiana, o dicho en los términos utilizados en nuestra primera charla, su paradigma fundamental, es el encuentro con alguien, con Jesús de Nazareth. Decíamos que esto implica encontrarse con una persona, no con una serie de ideas. Una persona que se “comunica” con el creyente transmitiéndole básicamente una experiencia: el amor incondicional de Dios encarnado en la entrega que nos hace de su Hijo. Tanto es el amor de Dios por nosotros que está dispuesto a vaciarse de sus prerrogativas divinas para convertirse en “modelo” de lo que significa ser humano y. a través de su “modelaje”, mostrarnos el camino para nuestra plenitud. El símbolo fundamental de este misterio es Jesús en la cruz, vida que se da para convertirse en vida para otros y que a través de ese movimiento kenótico, paradójicamente, se encuentra a sí misma y se vive como plenificada. Como ya apuntaba san Pablo: La cruz no tiene sentido sin la resurrección, y la resurrección es superflua sin la cruz. Y finalmente, aceptar el mensaje de que Dios es un Padre que nos ama y nos entrega como salvador y redentor a su Hijo, y por tanto vivir en consecuencia, es el sentido último de lo que llamamos el Reino de Dios.

6. Mistagogía cristiana, religión y crisis de la cultura

Es evidente que en esta breve ponencia he tratado de transmitir meramente un esbozo de lo que considero puede llegar a ser un marco teórico útil para acercarnos al problema de la crisis de la sociedad en la que vivimos (que considero inserta en la crisis de la cultura) subrayando el papel que tiene la religión en este proceso. Como esbozo necesariamente es simple, pero no por eso superficial. He tratado de presentar algunos referentes teóricos para podernos acercar a la problemática institucional actual (que incluye a la Iglesia) desde una perspectiva que pienso que puede ser realista y precisamente por eso radical. Ese es el sentido de preguntarnos el significado de términos muy usados y poco entendidos como cultura, identidad, apertura dialogante a la diversidad y todo esto desde el referente fundamental del Reino.

Nuestra propuesta es que cambiando la perspectiva de análisis de nuestra realidad contemporánea podríamos incidir en ella más cristiana y eficazmente. Esto significa renunciar a la actitud común de quedarnos con la serie de síntomas objetivos de la crisis que todos podemos constatar, buscando explicaciones en una cultura o una sociedad “enfermas”, descristianizadas y en conflicto. Nuestra propuesta es que partamos de un análisis que considere que probablemente en el origen de esa crisis cultural está una crisis en la religión que la sustenta y que esa crisis en la religión está relacionada a la pérdida de capacidad fungir como auténtica mistagogía que permita el acceso a la “Experiencia Fundante”, al núcleo identidad de la religión. Las consecuencias son claras: en vez de quedarnos lamentando frente a la secularización de la sociedad y la pérdida de valores, atacándola o tomando una actitud defensiva ante ella, los cristianos deben revisar honestamente qué tan fieles han sido a la experiencia fundante de su fe, que tanto reflejan en su vida y obras la actitud de su Señor, que siendo Dios actuó siempre “como el que vino a servir”.

Esta propuesta implica movernos de un énfasis puesto en el análisis social a un énfasis puesto en el análisis teológico; pero sin perder de vista que los datos de los que partimos tienen un referente social y necesitan ser analizados con la epistemología propia de ese campo del saber humano. Por eso necesitamos una reflexión sobre la cultura como fenómeno social (visión antropológica) y adentrarnos al núcleo de la cultura, la religión desde su propio fundamento, la experiencia de Dios (visión teológica).

La religión está llamada a concretar su mistagogía en prácticas, doctrina e instituciones que facilitan el “vivir” de acuerdo a sus intuiciones básicas. Podemos describir la génesis, crecimiento, apogeo, declive y desaparición de las instituciones religiosas desde esa perspectiva sociológica. Pero dado que su origen transciende la historia y forma como se concretaron y apunta a una experiencia de irrupción de lo Real en la esfera de la experiencia humana (lo que hemos descrito como una experiencia fundante) necesariamente debemos incluir este referente para “evaluar” si dichas prácticas, doctrinas e instituciones están realmente acercando a sus miembros al horizonte de sentido pretendido. Si lo hacen, para aprender de la manera como lo hacen y reforzar las fortalezas que les encontramos (de ser posible). Si no, ver a qué se debe que no estén cumpliendo el rol que les corresponde, saboteando el sentido de la religión y bloqueando el acceso a su experiencia fundante, en nuestro caso el encuentro con Dios en la manera como se manifestó a través de la vida de Jesucristo, el Señor.

No basta con hacer un diagnóstico del problema, sino que tendría que seguir la búsqueda de la solución. Esto implica repensar la religión y sus concretos de hoy en día (necesariamente vinculados a un tiempo y cultura particular), entre los que se encuentran las instituciones y las prácticas que las caracterizan, para adecuarlas de manera que hagan accesible y transparente la experiencia de Dios que pretenden vehicular al hombre y mujer concretos de hoy. Dijimos que las religiones se construyen alrededor de estas experiencias fundantes, vividas como incuestionables por lo contundentemente reales que son. Tal vez el primer origen de la crisis de las culturas cristianas ha sido haber olvidado que en su origen había una experiencia de Dios perceptible y transmisible. Que era no sólo injusto sino básicamente erróneo pedir adhesión a una serie de referentes doctrinales si estos no manifestaban su “realidad” a través del surgimiento de lo que Pablo llamó “los frutos del Espíritu” (Gal. 5:22-23). Se fue olvidando que Dios no era una idea, un concepto que se pudiera acotar y deducir, sino una experiencia viva que se imponía a quienes se arriesgaban a ponerse bajo su influjo. Se fue olvidando que toda auténtica teología es hija de una experiencia de encuentro con Dios, más que ejercicio dialéctico. En un sistema cultural, cuando la religión que lo sustenta deja de poner a sus miembros en contacto con lo que se percibe como la Realidad Última, simplemente deja de funcionar y arrastra tras de sí los demás componentes de la estructura cultural: la cosmovisión y el ethos.

En nuestra siguiente ponencia trataremos de abordar esta problemática desde los concretos de la mistagogía cristiana, el diálogo intercultural e interreligioso, y la posibilidad de compartir la Buena Noticia a través de fronteras culturales.

 

1.- Melloni, Javier, El Uno en lo Múltiple. Aproximación a la diversidad y unidad de las religiones, Sal Terrae, Santander 2003, p. 25.

 
           
       
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